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A lo que debemos apuntar como latinos, y en realidad como humanidad, es a terminar con esa mentira impracticable que se llama socialismo. Lo hemos vivido ya todos estos años, al menos de nombre, y hemos sido testigos de su impracticabilidad y su ineficiencia a la hora de distribuir de manera justa, correcta y cabal los recursos del Estado a la población. Pero el que nos hayamos dado cuenta de que el socialismo es una falacia práctica, no solamente porque no elimina la propiedad privada ni porque no instaura gobiernos verdaderamente populares, no supone que tengamos que movernos como el péndulo e ir al otro extremo para triturar lo que ya no nos sirve. Hablo del fascismo.

Poco antes de que en 1941 se comenzara a ejecutar la operación Barbaroja, Hitler dijo en una sesión de planeamiento: “El mundo contendrá la respiración”. Y es que el Führer sabía que la tierra iba a temblar o salirse de su órbita, porque se habían preparado descomunales cantidades de soldados, tanques y aviones para asaltar Rusia y tomarla. Esa era la fuerza rabiosa y desmesurada que podía demostrar el fascismo para dominar Europa y la prueba de hasta dónde puede llegar el ser humano cuando a su espíritu guía un loco afán de dominación.

Hoy, una guerra así de brutal y de tales proporciones es impensable; que Dios la impida. Pero una ideología así de extrema como el fascismo, no es impensable. Obviamente no se llegará a tales límites como los de la Segunda Guerra Mundial, pero, como dice Mark Twain: “La historia no se repite, pero a veces rima”.

Como dice Noam Chomsky, el derechismo ultranacionalista no solamente está saliendo a flor de piel en Europa, sino también en algunos Estados del Medio Oriente como Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Egipto, aunque es probable que en estos países, el derechismo esté relacionado más con un aspecto religioso que con uno nacionalista. En América Latina, hasta ahora, no se han dado casos como estos, que no sean los gobiernos de corte derechista económicamente hablando, o dicho de otra forma, los gobiernos librecambistas. La excepción es Brasil de Jair Bolsonaro, que sí es un país cuyo gobierno tienen todos los rasgos del derechismo, sin matiz alguno.

Varios episodios de la historia universal pueden no ser repetibles, pero sí son análogos. Y en este sentido, las viejas y siniestras corrientes de la historia de 1914-1918 y de 1939-1945, pueden volver a renacer.

Las democracias contemporáneas, tanto la de los países socialistas cuanto la de los derechistas, no están funcionando, o funcionan de forma parcial. Y esto porque los socialistas se guían por el poder, y los derechistas, por instituciones como el FMI y el Banco Mundial. En esta situación, tal vez la forma más acertada de actuar sea aquélla que Guillermo Bedregal expresó en 1987 en el programa De Cerca: aprender convivir con el imperialismo pero de forma digna.

Concluyo este artículo diciendo algo que ya dije reiteradas veces en mis escritos periodísticos. Si el siglo XIX fue el siglo del declive de las monarquías, el XX el de la guerra de hemisferios, el XXI debe ser el del practicismo como forma de vida política.

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