Opinión

Siembra de odio

El Deber 27/8/2019 04:00

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Santa Cruz y Bolivia están sufriendo un gran dolor: la Madre Tierra arde y se queman miles de animales, se destruye infinita cantidad de vegetación, hay vidas amenazadas, casas convertidas en cenizas y vidas destrozadas.

No es tiempo de sembrar odio ni de inventar intrigas. Las palabras vertidas, primero por el ministro de la Presidencia, Juan Ramón Quintana, acusando “a la derecha” de quemar deliberadamente pastizales para provocar una marcha en Roboré (el sábado por la noche) y dañar al Gobierno son intolerables.

¡Cómo puede ser posible que quien está al mando del gabinete de emergencia, que debería estar conmovido por el dolor que hay en las zonas del desastre, dé semejante muestra de insensibilidad e irresponsabilidad! Lamentablemente, no es el único miembro del Gobierno con una mirada sesgada de la realidad.

Lejos de sintonizar con el momento y con la búsqueda de soluciones para reparar el daño y ayudar a recuperar los bosques, el ministro de Desarrollo Rural, César Cocarico, afirma que deben seguir los asentamientos en Santa Cruz. No solo eso, afirma que hay personas “que no quieren que gente del occidente venga al oriente… decir que no se hagan más comunidades es privar a muchos campesinos que hoy quieren trabajar teniendo tierra”.

El responsable de la tierra en el Gobierno de Evo Morales repite argumentos que dividen, que segregan, que no suman y que destruyen.

¿Qué necesidad de hacerlo? ¿Qué hizo ese servidor para evitar el desastre que se vive hoy en día? No se justifica aquello de que “siempre hay chaqueos”, porque nunca hubo tanto daño como el que se tiene en este momento.

Ese afán de culpar a la “derecha” por el clamor de que se declare zona de desastre y se pida ayuda internacional es pensar que el mundo gira alrededor del Gobierno y de su partido; significa no darse cuenta de que la realidad objetiva es diferente, que el pueblo al que se gobierna está sufriendo y necesita respuestas coherentes de parte de sus mandantes.

El ministro Quintana dice que no hace falta declarar zona de desastre, cree que pedir ayuda internacional es igual a demostrar incapacidad; sin embargo, la grandeza es también reconocer que hay límites en los esfuerzos que se realizan, que cuando no se puede atender un problema, es correcto solicitar apoyo, que se debe privilegiar el bien mayor antes que la imagen de tal o cual candidato.

El departamento de Santa Cruz ha soportado una histórica postergación de parte de los gobernantes de turno. Muchos buscan alianzas con los cruceños en tiempos buenos, pero se resisten a atender los problemas de esta región, desconociendo que aquí viven ciudadanos de todo el país.

¿Por qué entonces ese afán de sembrar división y odio? ¿No sería más saludable para todos trabajar en equipo, mirando el horizonte con unidad y compromiso de días mejores para la mayoría de la población? Urge que el presidente y los ministros paren la retórica que no aporta; que hagan los esfuerzos que sean necesarios para terminar con los incendios, para que el desastre no sea mayor (ya se quemaron más de un millón de hectáreas).

Los ojos del mundo están sobre Bolivia y lo que se haga o se omita dejará una consecuencia para quienes lideran el país. Si hay buena fe en la actuación, la cosecha será buena en respaldo al primer mandatario; si la mirada sigue puesta en el ombligo, las consecuencias dejarán costosas facturas políticas, sociales, ambientales y también en las relaciones internacionales. Si hay que declarar desastre, el presidente debe hacerlo. Que no calcule tanto y que su sensibilidad pese más.

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