Durante muchos años, Bolivia se miró al espejo de sus estadísticas económicas y vio una imagen más favorable de la que realmente existía. El tipo de cambio fijo de 6,96 bolivianos por dólar hacía que el PIB pareciera más grande y que indicadores como la relación entre deuda y PIB lucieran más sostenibles con relación a otros países. Sin embargo, cuando el mercado comenzó a asignar un valor diferente al dólar, quedó en evidencia que parte de esa imagen estaba distorsionada.
El sinceramiento del tipo de cambio implica reconocer una realidad que ya existía en la práctica. Por ejemplo la economía boliviana sufrió cambios en el valor del dólar hace un par de años, pero vamos a suponer que fue desde el 2024, el PIB registrado en la base de datos del Banco Mundial para el año 2024 fue de 54.881 millones de dólares, misma que transmite una sensación de crecimiento extraordinario respecto a 2006, cuando el PIB era 11.452 millones de dólares, crecimos 4,79 veces, pero al utilizar un tipo de cambio más cercano al del mercado, el tamaño de la economía resulta menor, solo muestra un crecimiento de 3,43 veces. Del mismo modo, la relación entre deuda pública y PIB aumenta considerablemente, no porque la deuda haya crecido de repente, sino porque el valor real de la economía es distinto al que mostraban las cifras calculadas con el tipo de cambio fijo y eso usaban los políticos para seguir endeudando a Bolivia.
Entre los principales beneficios de un tipo de cambio flexible está la mejora de la competitividad de las exportaciones. Un productor de café, quinua o minerales recibe más bolivianos por cada dólar exportado, lo que puede incentivar la producción y las ventas al exterior. Además, los productos bolivianos se vuelven relativamente más baratos para los compradores extranjeros, favoreciendo el ingreso de divisas al país.
Otro aspecto positivo es que disminuye la presión sobre el Banco Central para gastar reservas internacionales defendiendo un tipo de cambio fijo. Asimismo, se reduce la brecha entre el dólar oficial y el paralelo, disminuyendo la especulación, el mercado informal y las dificultades para acceder a divisas. En términos sencillos, el dólar comienza a tener un precio más cercano al que realmente reconoce el mercado.
La producción nacional también puede beneficiarse. Cuando los productos importados se encarecen, muchas empresas bolivianas tienen mejores oportunidades para competir. Un fabricante local de alimentos, muebles o textiles puede ganar mercado frente a bienes importados que antes resultaban relativamente más baratos. A largo plazo, esto puede estimular la inversión y la generación de empleo.
Sin embargo, los costos del ajuste también son importantes. El primero es el aumento de precios. Si el dólar sube, los productos importados, los medicamentos, los repuestos, los equipos electrónicos y muchos insumos productivos se vuelven más caros. Esto termina reflejándose en el costo de vida de las familias y en los costos de producción de las empresas.
Otro efecto negativo es la pérdida de poder adquisitivo. Si los salarios no aumentan al mismo ritmo que los precios, las familias pueden comprar menos bienes y servicios con el mismo ingreso. Además, las personas y empresas con deudas en dólares necesitarán más bolivianos para cumplir sus obligaciones. El gobierno también va a enfrentar mayores gastos si mantiene subsidios a combustibles y alimentos, mientras que las expectativas de inflación pueden generar más incertidumbre económica.
Finalmente, el paso de un tipo de cambio fijo de 6,96 a uno flexible que comienza en 9,73 bolivianos por dólar representa una devaluación cercana al 40%, aunque gran parte de ese ajuste ya había sido reconocido por el mercado paralelo hace un tiempo atrás, no olvidemos que llegó incluso hasta 20 bolivianos por dólar. Esta medida no resolverá por sí sola la crisis económica, pero sí constituye un paso necesario para corregir distorsiones, es un sinceramiento de la economía un poco retrasado aunque sin anestesia que acompañe los efectos negativos ya internalizados en la población. El verdadero desafío será aprovechar este sinceramiento para aumentar las exportaciones, atraer inversión, generar más dólares y construir una economía más competitiva y sostenible.
* Germán Huanca Luna, Economista, fue viceministro de Planificación Estratégica del Estado