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Sobre los Gobiernos

Hermes Justiniano Suárez 31/3/2021 05:00

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El tema que nos conmueve a todos en el mundo es el de los Gobiernos. No es tema solo de un país, es algo que permea a toda sociedad organizada. ¿Existe intranquilidad y zozobra respecto a quién nos gobierna y cómo nos gobierna? ¿Lo hace para todos y para beneficio de todos, o lo hace solamente para una parte de la sociedad, que está convencida de tener derechos para beneficiarse más que los demás?

La verdad y la justicia son la base de todo Gobierno digno, honesto y respetable. Este tipo de gobierno trae honra para los gobernantes y para los gobernados. Todos obtienen como resultado paz, tranquilidad, pero especialmente honra.
La verdad es absoluta, no es relativa. No se debe llamar bueno a lo que es malo, ni malo a lo que es bueno. La verdad no puede tener parte de mentira. La verdad trae integridad a quienes la reconocen y practican. Una persona veraz es confiable, estimable, valiosa para todos, aun para los que no la reconocen.

La justicia es una sola; en última instancia es también buena para todos. No se debe premiar a quien atenta contra su prójimo, ni castigar a quien trabaja haciendo el bien. Los gobernantes deben tener la capacidad de reconocer el bien del mal, porque si no cumplen esta premisa, no sabrán reconocer lo justo de lo injusto, y tampoco la verdad de la mentira.

La verdad y la justicia son dos virtudes principales que emanan del amor hacia los demás. Ese amor que es capaz de cuidar, alimentar, instruir, incentivar, edificar y crear algo valioso y duradero (léase también, formar personas dignas). El verdadero amor no es una emoción ni un sentimiento apasionado, es una decisión consciente de poner primero a los demás, por delante de uno mismo. El verdadero amor es capaz de dar la vida por las personas amadas. Si todos lo cultiváramos, los países y la humanidad entera verían una nueva realidad y un futuro deseable.

Pero el amor verdadero se extiende más allá de la persona humana. Abarca nuestras bases naturales y espirituales. Honra y cuida la naturaleza de la cual somos parte y la cual nos da la vida física compuesta de nutrientes, agua, clima, bienestar integral. La trata como un ser vivo, respetable, honorable, ya que es después de todo, “la madre tierra”, algo más que ese polvo del que venimos y en el que nos convertiremos, es mucho más que un bien que sirve para comerciar y hacer dinero.

El amor verdadero atesora también los principios y valores transcendentales que recibimos de nuestros padres, maestros, pastores, aquellos que nos permiten vivir como seres inteligentes y racionales, creativos, confiables.
Si el Gobierno pierde de vista estos conceptos, no podrá representar los intereses de la sociedad ni gobernar para el bienestar de todos; gobernará con defectos, favoreciendo a unos y maltratando a otros; creará odio entre hermanos; división y sufrimiento, desorientación y ansiedad permanente.

Si consideráramos estas cosas en nuestro diario vivir, y no solo antes de ir a las urnas, sea como gobernantes o como gobernados, ¡cuán diferentes podrían ser los resultados de nuestras elecciones, y cuán previsible el futuro de nuestros países! ¡Hagamos nuestra parte para al menos intentar el triunfo del bien sobre el mal, en vez de ser cómplices del fracaso!



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