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Santa Cruz aún está hablando conmovida del trágico suceso en el que dos jóvenes murieron al caer de un edificio, un hecho penoso que cubre de luto no solo a las familias sino a la sociedad misma, y por muchas razones, una de ellas la responsabilidad ciudadana y de los medios de comunicación en el manejo de las imágenes del incidente.

Es inconcebible cómo las imágenes grabadas de la caída al vacío de una persona pueden despertar la morbosidad, la ansiedad por verlas una y otra vez, por exigir que se las pasen en los grupos de Whatsapp y después comentarlas como si se tratara de un espectáculo de circo.

¿En qué piensan esas personas cuando publican y comparten en redes como Facebook los videos de la tragedia? ¿Creerán quizá que con ese gesto se convierten en personas más respetadas, valoradas o que ganan en popularidad? ¿A alguno de ellos se le pasó por la mente la peregrina idea de que quizá en realidad el hecho de publicar esas imágenes habla mal de él y lo muestra como una persona sin criterio, morbosa, indolente y en cierto modo hasta inhumana porque ignora que esa víctima tiene una madre, un padre, hermanos, abuelos, hijos que sufren por la muerte de sus seres queridos y después vuelven a sufrir aun más por la difusión masiva y el “disfrute” patológico de esas imágenes?

Consideración aparte merecen varios medios de comunicación, particularmente televisivos y radios que hacen video streaming, que difundieron sin escrúpulos una y otra vez los videos y mostraron los cuerpos ensangrentados y miembros desprendidos en el suelo.

Existe una ética de la imagen, por respeto a las audiencias y las familias, que debiera llevar a los medios de comunicación a no exhibir fotografías ni videos de cadáveres y despojos humanos ni del hecho mismo que conduce a la muerte, como el caso de la caída de un cuerpo desde un edificio. Las víctimas tienen derecho a la intimidad y los medios de comunicación no tienen derecho de invadir esa intimidad de las personas.

En el caso de la muerte de los dos jóvenes cruceños, algunos periodistas llegaron el extremo de difundir, cual excitados coleccionistas, videos desde todos los ángulos posibles de la tragedia y los mostraron a sus audiencias como quien levanta trofeos con sus dos brazos en alto.

Si los periodistas no procesan en sus mentes un razonamiento lógico ni conocen la deontología de la profesión que ejercen cada vez que deciden difundir imágenes de suicidios, muertes, cadáveres o restos humanos, ¿dónde queda la responsabilidad de los directores de noticias de esos medios?

Y los propietarios de tales medios de comunicación, si bien no participan en el procesamiento de la información ni toman decisiones directas en la difusión de imágenes, ¿duermen en paz sabiendo que los medios de su propiedad cometen esos excesos e incumplen su responsabilidad ante la sociedad? ¿O es que la desenfrenada lógica mercantil por sumar audiencias y por tanto ingresos no observa ni esa ni otras vulneraciones a la ética? Tendrían ellos también que cuestionarse sobre su propia responsabilidad para impartir direcciones de trabajo enmarcadas en el respeto a las personas y la deontología comunicacional.

En algún momento eso tiene que cambiar en los medios de comunicación. Para eso existe el principio de la autorregulación. No hacerlo será una invitación a que venga alguien de arriba y regule a los medios a su gusto y antojo político, y en el camino se lleve por delante otros derechos asociados a la información y la opinión.

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