Opinión

Sociología de la desinformación

13/5/2017 04:00

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Vivimos una paradoja: a pesar de la plétora de información a nuestra disposición, estamos cada vez más desinformados. Los datos provienen de diversas fuentes, se transmiten en tiempo real y nos permiten saber lo que ocurre en lo más recóndito del globo. Giovanni Sartori ya había notado este fenómeno en su obra Homo videns: la sociedad teledirigida, aunque analizaba a las cadenas de televisión que transmitían información a todo el mundo de forma instantánea. En la actualidad, el internet horada el monopolio televisivo, pone a nuestra disposición una multitud de fuentes e incluso nos invita a que transmitamos al planeta entero con tan solo poseer un teléfono inteligente.

La multiplicación de fuentes no implica de ninguna manera un sujeto informado; al contrario, estamos sobresaturados con datos que no podemos procesar. Las redes sociales han contribuido a esta saturación, bombardeándonos con información de dudosa utilidad, entre ellas las imágenes y los textos que nuestras amistades virtuales comparten para mostrar lo que sienten, comen o compran. Esta nueva economía del ego debe objetivarse a pesar de su virtualidad, por ello necesita expresarse incesantemente y se exige a sí misma una continua actualización: ahora las publicaciones están programadas para durar horas o incluso minutos, escamoteando así un instante al curso del tiempo. Todo esto solo contribuye a atestarnos de datos cuyo flujo poco depende ya de nosotros.

“Todo lo sólido se desvanece en el aire”, metáfora marxista que Marshall Berman retomó para expresar que vivimos una “vorágine de perpetua desintegración y renovación, de lucha y contradicción, de ambigüedad y angustia”. Habitamos el imperio de lo efímero, predicho por Gilles Lipovetsky, cuyo simpático autócrata es la pantalla que quita y renueva información constantemente. Ante tal bombardeo de datos nos conformamos con leer el titular, ya no la noticia, lo cual nos lleva a formar una opinión escuálida, distorsionada y aun errónea: ahora las falacias pueden disfrazarse como información verídica. La paradoja toma así otro rumbo, pues estamos a solo un ‘clic’ de la total desinformación. 

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