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Esta frase, atribuida a Sócrates, ilustra como pocas la virtud de la humildad, que consiste en reconocer nuestras propias limitaciones y debilidades y actuar acorde a ello.

Aunque muy valorada en el pasado, hoy no lo es tanto por diversos motivos, entre ellos: un mercado laboral extremadamente competitivo que tienta a muchos a vender una imagen de sí mismos exageradamente exitosa y capaz, pero sobre todo el vertiginoso desarrollo de medios de comunicación y redes sociales que incrementó exponencialmente el acceso a información, generando entre muchos la falsa sensación de dominio sobre hechos que escapan a su comprensión.

Esto, que pareciera haber achicado el mundo, en términos sicológicos lo ha agrandado, porque la persona promedio tiene hoy que asimilar mucha información sobre hechos que ocurren incluso al otro lado del planeta. Todo esto le genera mucha incertidumbre y estrés, por lo que busca una explicación para saciar su necesidad de control ante sucesos para los que no encuentra explicación o la existente no termina de convencerlo.

Es ahí, donde algunos caen presa de las innumerables teorías de conspiración, que pueden definirse como el intento de explicar un acontecimiento de cierta importancia política, social, económica, religiosa o histórica por medio de la existencia de grupos poderosos y secretos que los provocan con siniestros propósitos.

Estos supuestos complots cubren un amplio espectro que va desde: negar la redondez de la Tierra, la veracidad del alunizaje, los verdaderos autores de los atentados del 9/11, satanizar el glifosato, hasta la utilidad de las vacunas, etc.

Para evitar ser seducidos por ellas, es importante recordar que no todo lo que aparece en Google, YouTube, o redes sociales merece la fe ciega que muchos le asignan, siendo necesario primero investigar y filtrar tomando en cuenta la confiabilidad de la fuente, la antigüedad de la información, y sobre todo valorar lo que los expertos y las autoridades sobre la materia afirman, reconociendo nuestra propia limitación para entender ciertas cosas, especialmente cuando muchas veces, desconocemos incluso el lenguaje técnico más básico sobre el tema.

Por lo tanto, sería prudente poner en práctica el consejo bíblico “… antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a sí mismo.” Filip 2:3 Evidentemente, siempre habrá genios con altísimo coeficiente intelectual que en poco tiempo, sin previa educación formal y de manera autodidacta, comprendan a profundidad muchas áreas del saber, pero para el resto de nosotros los mortales no nos queda otro camino que el de reconocer con humildad nuestra ignorancia y decir “solo sé que nada sé”.

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