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Solteronas y divorciadas

Evelyn Callapino Guarachi 1/4/2021 05:00

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En una sociedad conservadora, las divorciadas y “solteronas” representan un estado puro de transgresión e incomodidad que atenta a lo establecido socialmente. Escuchamos de forma natural decir frases como: “Se te va a ir el tren”, “el amor todo lo soporta”, “la loca de los gatos”, “la mujer es el pilar del hogar”. Parecieran frases antiguas, pero están más presentes que nunca.

Desde el planteamiento de Pierre Bourdieu estas concepciones tienen que ver con los fundamentos de la dominación y el orden social. Por ejemplo, la sociedad y realidad boliviana se estructuran dentro de un patrón de dominación masculina, en la cual la noción de capital simbólico desempeña un papel fundamental.

Para Bordieu, el capital simbólico se refiere a las valoraciones reconocidas socialmente a las personas. De esta lectura, la mujer es percibida como un sujeto de intercambio que enaltece el capital simbólico. Es así que desde nuestro campo social, una mujer con un mayor valor simbólico será aquella que siga las normas socialmente construidas, entre las que destacan: ser mamá, buena esposa, entregada a su familia, recatada, sensible, etc. Solo así una mujer se posicionaría como un “objeto” de alto valor simbólico.

Las divorciadas atentan contra el modelo de la mujer y la familia convencional. Ellas reciben mayores críticas a diferencia de sus contrapartes masculinas (los divorciados). Un grupo significativo de la sociedad boliviana considera que el divorcio es el fracaso del proyecto de vida de una mujer casada. Por eso, la mujer divorciada es estigmatizada. Peor aún si son madres, ya que sus hijos no tendrían un padre.

Las “solteronas”, al no seguir el modelo del matrimonio y maternidad, desobedecen lo establecido culturalmente. Incluso, ellas sufren una intensa discriminación en sus familias y círculos próximos. Dado que el ser “solterona” en una sociedad conservadora abarca varios significados negativos: mujer abandonada, inexperta, de mal carácter y solitaria. Las divorciadas y las “solteronas” son vistas así, como incompletas, raras y, por ende, tienen un menor valor en la sociedad.

¿Por qué estas mujeres son estigmatizadas? Quiero ensayar algunas respuestas. Considero que ellas transgreden el orden social, el modelo del matrimonio y la familia feliz. Como consecuencia de esa resistencia al encasillamiento, su penalidad es el rechazo y la minusvaloración social. Estas actitudes ilustran la animadversión conservadora a las transgresiones. Es increíble que en pleno siglo XXI estos estereotipos persistan y que penalicen a las mujeres que actúan de manera independiente.

Hace unos días, Jeanine Añez afirmó que su mandato de detención obedecía, entre otras razones, a su calidad de divorciada. Es decir, por ser divorciada (carecer de un hogar conyugal) había un riesgo altísimo de fuga. Este razonamiento muestra el estigma social que aún hoy prima en la sociedad boliviana. Otro caso es el del alcalde de Monteagudo, Ronald Aramayo, quien, en respuesta a los reclamos de un grupo de mujeres dijo: “Mujeres solteronas”. Añadió que “hicieron quedar mal a la región” y que “les falta quién las huevee”. Un discurso que además fue fervientemente aplaudido por sus seguidores.

Estas acciones y comentarios evidencian que las mismas autoridades y funcionarios tienen un pensamiento machista muy lejos del discurso de despatriarcalización que maneja el Estado boliviano. Podemos concluir que la clase política es la primera que fomenta estas actitudes machistas y patriarcales. Para construir una sociedad más equitativa debemos terminar con el encasillamiento de las mujeres. Su independencia y libertad no deben ser razones que incomoden a la sociedad. Los únicos que deben ser penalizados son quienes aún estigmatizan a las mujeres divorciadas y “solteronas”.



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