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Desde hace tiempo la ciudad no encuentra quien la cuide. Un poco por quien la habita y otro por quien la debe cuidar. Lo cierto es que las calles están abandonadas a su suerte, así es como se ve el centro de la urbe más grande y peligrosa del país.

Trabajar para tener una ciudad limpia es un proceso que se lleva a cabo con el ciudadano, con el vecino y la vecina de todos los puntos cardinales de la urbe. No solo se trata de la recolección de residuos, que además nunca están seleccionados, sino de no utilizar la ciudad de basurero.

El descuido de parques, plazas, espacios públicos nos deteriora. Se desconoce si es por falta de motivación, mantenimiento o dejadez, porque presupuesto pareciera que no falta. Una ciudad que dispone de más de Bs 7 millones diarios no puede darse el lujo de verse descuidada a tal punto que duele mirarla.

Los espacios verdes son un acierto en cualquier parte de la ciudad, no solo para convivir con momentos del ocio, recreación y tiempo de relajación de los ciudadanos, sino que además son pequeños pulmones que oxigenan una ciudad cada día más contaminada.

Santa Cruz de la Sierra está descuidada, desordenada y sucia. Aceras rotas o inexistentes, señalética nula, cableados aéreos contaminantes, letreros invasivos y sin autorización, iluminación precaria, bultos y escombros que impiden el tránsito, calles con huecos, edificios descoloridos y un largo etcétera.

Un paisaje que rinde tributo a la neurosis de un tráfico devastador. Mientras el BRT sigue esperando darle una opción a un primer anillo asfixiado, hoy solo sirve de estorbo. La congestión del centro parece sin solución a pesar de los operativos tan anunciados como estériles. El caos se reproduce en los anillos más anchos, donde camiones de alto tonelaje se desplieguen por derecha y por izquierda descargando la ignorancia más supina que un velocista podría desarrollar en un desierto. El sálvese quien pueda es la nueva ley del cruceño que, con raudo despliegue, se extiende por los vastos espacios de la metrópolis. No hay puentes ni túneles que impidan tanta grosería e irrespeto por el otro. La educación vial es una mala palabra que se cayó del diccionario y a ningún recolector de urbanidad se le ocurrió auspiciar un salvataje.

La inseguridad no descansa y convive a diario en un asalto al peatón descuidado, dentro de un micro o en plena actividad comercial. Las quejas y denuncias de los vecinos del centro, de los barrios, de las circunvalaciones, de las zonas rojas, rosas y variopintas, no llegan a pesar de las normativas y las leyes de la buena convivencia. ¿Dónde está la autoridad para hacerlas cumplir?

Con la colaboración ciudadana se podría comenzar a reordenar el caos. Una mejor ciudad es una ciudad más transparente, cercana al ciudadano. Que busca resolver los problemas de quienes la habitan y la sienten.

Los desafíos están también en poner los límites, en obligarse a resolver los temas del transporte, cómo manejamos el agua, la seguridad, las áreas verdes, la contaminación del aire, los ruidos, las estridencias visuales. Problemas colectivos para resolver entre todos y para todos. Con tanto arte desparramado, tanto talento suelto, tanta fuerza guardada es imposible no ser capaces de hacerlo. Depende de una decidida voluntad política, honestidad ciudadana y buen corazón, ese del que estamos hechos.

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