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19 de marzo de 2017, 4:00 AM
19 de marzo de 2017, 4:00 AM

El éxito de un partido en una elección se define por la diferencia entre la expectativa creada y los resultados conseguidos. En ese sentido, lo que acaba de ocurrir en las elecciones parlamentarias de Holanda con el populista de extrema derecha Geert Wilders y su partido PVV puede considerarse como un fracaso, a pesar de haberse situado como la segunda fuerza; Wilders ansiaba convertir a su partido en el más votado, iniciando así una primavera exitosa en el continente para partidos que enarbolan un estridente discurso antiinmigrante y desean la salida de sus países de la Comunidad Europea (vienen en abril elecciones en Francia).


Quienes pensaron que en Holanda se repetiría lo que mostró el triunfo del brexit en Inglaterra y consolidó el fenómeno Trump –el auge de un nacionalismo identitario de fuerte impronta antimulticultural y antiglobalización- no tomaron en cuenta las grandes diferencias que existen entre un sistema presidencial y uno parlamentario. Como Trump, Wilders es controversial y sus declaraciones racistas dominan en los medios (“los turcos son la escoria de nuestro país”), pero sus chances de llegar al poder eran nulas debido a la complejidad del sistema político holandés: el primer ministro debe ser elegido con el apoyo de 76 congresistas de una cámara de 150, pero la primera fuerza no suele sacar más de 40-45 congresistas, con lo que está obligada a negociar con las fuerzas minoritarias; con suerte, se le pronosticaba unos 30 escaños a Wilders, pero su partido consiguió muchos menos.  


Los líderes de los partidos principales habían indicado que no pactarían con Wilders, con lo que, al continuar el dirigente del PVV alienando a todos con su retórica, algunos analistas se preguntaban si su ausencia de pragmatismo sugería que en verdad no le interesaba llegar al poder. Y sí, Wilders dice que lo que en verdad importa es el hecho de que, gracias a líderes como Trump, la francesa Marine Le Pen (del Frente Nacional) y él, las élites de Occidente ya no podrán decidir por su cuenta qué es lo que quiere el pueblo.

En algo tiene razón: el discurso xenófobo ha ido moviendo los parámetros de la discusión hacia la derecha, y todos los partidos del espectro político han debido adaptarse a ese nuevo panorama; por dar un ejemplo, Angela Merkel ha dominado la política alemana durante una década, pero su política de puertas abiertas a los refugiados -solo el 2015 recibió casi un millón- es un factor en el ascenso de un partido de extrema derecha como AfD (Alternativa para Alemania), que, fundado hace apenas cuatro años, llega al 12% de apoyo para las elecciones de septiembre de este año (tampoco está seguro el triunfo de Merkel). En Estados Unidos, los ultraderechistas que impulsaron a Trump se han alimentado de los avances de Wilders y Le Pen; hace poco un congresista republicano, Steve King, le dio su apoyo a Wilders y dijo, en un tono que recordaba el darwinismo social rampante hace un siglo, que el holandés estaba en lo cierto al defender una identidad pura: “No se puede hacer crecer un país con los bebés de otros” (es decir, para que Holanda sea grande, debe depender de los mismos holandeses y no de la inmigración turca).


Todo indica que Mark Rutte, el actual primer ministro holandés -del partido liberal de derecha VVD-, continuará en el poder, pues sigue siendo la primera fuerza. El problema será montar una nueva coalición, pues su principal socio actual, Jeroen Dijsselbloem del PdvA (Partido del Trabajo) –de orientación socialdemócrata-, ha sufrido una derrota histórica: ha caído de 38 escaños a menos de 10.

Ahí se encuentra una de las grandes novedades de este periodo en Europa: el fracaso estrepitoso de los partidos de la centroizquierda, que, al defender políticas culturales absolutistas al mismo tiempo que pactaban con la derecha por temas económicos, han sido borrados del panorama electoral. Jesse Klaver, el carismático líder del Partido Verde, que ha conseguido 16 escaños, es uno de los grandes ganadores de estas elecciones: hijo de inmigrantes turcos, representa a una nueva izquierda europea que defiende los tradicionales valores holandeses –ecologistas, a favor de la tolerancia y de los refugiados- y no tiene miedo a declararse anticapitalista.    


Superado el temblor holandés, se viene Francia como plato fuerte en abril. Hay miedo ante los avances de Marine Le Pen, pero el hecho de que existe una segunda vuelta entre los más votados permite pensar que la candidata ultranacionalista tampoco llegará al poder: sea quien fuera su oponente, las encuestas señalan que perderá en la segunda vuelta por alrededor del 20%. En conclusión: todavía hay consensos entre las otras fuerzas en Europa para aislar a los representantes de la extrema derecha. Su discurso, sin embargo, se disemina y contagia, en versiones menos radicales pero no por ello menos peligrosas, a las otras fuerzas del sistema. No pueden llegar al poder por sí solos, pero sí pueden alterar el medioambiente y empujarlo hacia diversas formas de rechazo a los inmigrantes, a los refugiados, a la tolerancia y comprensión del otro como ejes en torno a los cuales construir una nación 

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