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Jeanine Áñez le dice a Carlos Mesa por qué no sale a reclamar por los delitos de pedofilia de Evo Morales; Comunidad Ciudadana compara a Áñez con Evo Morales porque actúa igual que Evo Morales en actos oficiales de entrega de materiales donde hace campaña electoral; Evo Morales tuitea y dice que Luis Fernando Camacho no sabe qué inventar para bajarse de la candidatura porque tiene 5 por ciento y no le da ni para alcalde; Camacho le responde ‘aquí el único que cayó fuiste vos por dictador, corrupto y pedófilo’.

En otro tuit, Morales le dice a Tuto Quiroga que debía irse a su casa en Estados Unidos, que tiene 3 por ciento y que prometer de nuevo comerse su corbata y su reloj ya no es creíble; este le responde ‘vergüenza que abuses de jovencitas que casi podrían ser tus nietas; conmigo te espera una celda en La Haya o una hamaca en Cuba’.

Y así, de pronto la campaña electoral boliviana ha arrancado con un cruce de ataques, acusaciones y descalificaciones, que parecían haber permanecido contenidas bajo un paraguas durante la tormenta de la pandemia y ahora salen para decirse todo lo que hubieran querido expresar en esos días en que a la gente solo le importaba su salud y no quería saber de candidatos.

Esta vez los duelos verbales tienen como nuevos escenarios a las redes sociales, con ellas no necesitan llamar a un medio para hablar de otro candidato porque basta con tuitear unas pocas palabras, pero también tienen a una nueva protagonista: la presidenta candidata Jeanine Áñez, a quien ahora los bolivianos vemos a diario en una escena que conocimos durante 14 años: actos de entrega de obras en diferentes regiones del país donde habla un poco como mandataria y luego habla mucho como candidata.

El desordenado cruce de descalificaciones ni siquiera sigue ahora el primer mandamiento del marketing político, que ordena atacar solo al que está arriba para ocupar su lugar y no al de abajo por la misma razón; nada de eso ocurre y esto parece más un ‘todos contra todos’.

Si bien por un lado a nadie le extraña ese comportamiento de los candidatos en etapa electoral -hay quienes incluso ven que así el proceso se pone más picante e interesante-, con esa conducta los postulantes al poder político lo que hacen es renunciar a ser valorados y votados por sus cualidades personales y propuestas programáticas, y delegan, por tanto, el éxito de sus aspiraciones a la clásica descalificación del adversario: algo así como la admisión implícita de ‘yo no soy bueno, pero el otro es peor’.

Nadie puede negar que mediáticamente es entretenido escuchar palabras subidas de tono a un candidato y esperar la respuesta aun más caliente del aludido, pero eso no contribuye a la democracia ni a un nuevo tiempo en el que los electores esperarían mensajes más útiles de quienes le piden el voto.

Si este es el impulso pasional del inicio de las campañas, vaya y pase, pero si es el síntoma de lo que vendrá como acciones proselitistas de esta corta campaña, será muy triste y decepcionante por parte de los candidatos; el país espera otra cosa de ellos, pese a todo, a los desencantos y las frustraciones. ¿Sabrán los políticos intentar ponerse a esta altura?