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OPINIÓN

Terraplanistas y antivacunas

Juan Manuel Arias Castro 19/6/2020 03:00

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No parece serio y hasta se puede decir que es un invento de alguien para distraer la atención de la ciencia y la sociedad la existencia de grupos, en varias partes del mundo, que pregonan y están intentando vender la idea que la tierra es plana. Por otro lado, otros insisten en declararse enemigos de cualquier manifestación de progreso, ignorando los avances del pasado. En esta nueva realidad están los antivacunas, cuyos orígenes se remontan a hace más de un siglo, y cuya creciente popularidad hizo que la Organización Mundial de la Salud (OMS) los incluyera en 2019 -antes de que apareciera el nuevo coronavirus- entre las 10 amenazas para la salud pública mundial, junto a otros desafíos como la calidad de aire y el cambio climático, y enfermedades como el dengue, VIH, entre otras.

Este colectivo (patronímico irritante), aún pequeño, logra apelar al miedo y a la superioridad moral, para influir y ganar seguidores. En medio de los anuncios recientes sobre la rápida búsqueda de una vacuna para el nuevo coronavirus, ya registran protestas en Alemania y en Estados Unidos, donde uno de cada cinco estadounidenses la rechazaría, según una encuesta reciente.

Entre los argumentos de los antivacunas están la lucha contra las élites industriales o empresariales, las teorías de que los laboratorios para ganar dinero crean virus y tiempo después venden las vacunas, las teorías de conspiración política y los posibles efectos adversos -no probados-. La mayoría de estos, alejados de una crítica racional y necesaria, motivados por el sesgo de la negatividad y la desconfianza en las instituciones.

El mayor riesgo del movimiento es que parece ignorar que las mejores condiciones de salud que tenemos hoy como sociedad -o que teníamos antes de la pandemia- y la posibilidad de tener una vida más larga, responden en gran medida al trabajo y los descubrimientos de científicos que también aportaron en el pasado en la prevención de infecciones mortales, al conocimiento y los avances de la medicina.

De acuerdo con la OMS, la vacunación previene actualmente de dos a tres millones de muertes al año, y se podrían evitar más de un millón adicionales si se mejora la cobertura global. Esto debería ser razón suficiente para despertar el instinto de cooperación.

No hay duda de que debemos velar por las libertades individuales -aceptar o no una vacuna en el cuerpo propio-, pero hay situaciones donde el bienestar colectivo debe primar. En lugar de rechazar la solución, se debe exigir que la búsqueda rápida se haga de forma responsable, sin populismo electoral y, más importante aún, que una vez confirmada se garantice el acceso a esta.

La pandemia nos ha dado una oportunidad para reafirmar -o recobrar- la confianza en la ciencia y la gratitud con esta. Dejemos la controversia para lo político, lo artístico, lo económico, si se quiere; pero no caigamos en el juego de alentar movimientos activistas que desconozcan la historia, los hechos y los datos para impulsar su causa y sepultar la confianza en una cura y en un nuevo hito para el progreso de la humanidad.