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De cualquier país del mundo se podía esperar una escena como la del ahora tristemente célebre miércoles 6 de enero en el Capitolio, la sede del Congreso de Estados Unidos en Washington, pero no de la primera potencia mundial que ejerce y proclama la democracia quizá mejor institucionalizada de Occidente.

Y sin embargo la bandera de las cincuenta estrellas y las 13 franjas rojas y blancas se tiñó de una escandalosa mancha cuando seguidores del presidente Donald Trump, azuzados por el mismísimo mandatario, irrumpieron en la sede del Congreso con armas para intentar impedir que el Senado formalice la victoria de Joe Biden en las urnas, algo que en el pasado era un mero trámite sin mayor relevancia.

De inmediato el mundo entero volcó su mirada hacia esas imágenes vergonzosas de personas escalando muros, barbudos disfrazados recorriendo los elegantes pasillos del Capitolio, tomando oficinas presidenciales, y posando reclinados en los sillones, con los pies sobre los escritorios.

Cuatro muertos y al menos 14 heridos de la Policía es el saldo en daños personales del asalto al Capitolio, pero la herida mayor ha sido abierta en el prestigio de la democracia estadounidense.

No sería justo atribuir un hecho lamentable y vergonzoso ni a una decadencia ni a una ruptura del sistema, sino a la enfermiza mentalidad de poder de Trump, su irresponsable radicalismo extremista, tan parecido al populismo que conocemos en algunos países de nuestra región y en nuestro propio país, y a su dudosa calidad humana de no saber aceptar las reglas de la democracia, que a veces implica ganar y otras, perder.

Estados Unidos no se merece que un hombre como Donald Trump concluya su mandato, porque él no respetó los códigos que el país respetó con él. El líder demócrata del Senado, Chuck Schumer, propuso la destitución de Trump por su responsabilidad en la violencia y el papelón mundial al que expuso a la gran unión de Norteamérica. Y después tendrá que venir un proceso contra el aún mandatario.

El Partido Republicano tendrá que afrontar un riguroso proceso de renovación para liberarse de la amenaza de nuevos Trump en sus futuros liderazgos y retomar el ancho camino democrático que abrieron grandes figuras como Lincoln, Roosevelt, Eisenhower, Nixon, Ford, Reagan y George H.W. Bush, entre otros grandes presidentes republicanos.

Y al próximo presidente Joe Biden le corresponderá afrontar en el inicio de su gestión la reconstrucción de la integridad de la democracia norteamericana, esa que ha quedado manchada, como se mancha con tinta una bandera, pero de ninguna manera se podría especular -o desear, como esperarían algunos populistas de nuestro entorno cercano- que se hubiera siquiera desportillado. La aventura sin nombre de un presidente autoritario con signos de demencia no puede entenderse como la fractura de un sistema ejemplar. Y así lo ha entendido el propio Biden, cuando afirmaba que lo ocurrido no refleja el espíritu de la democracia de su país.

Trump, el autoritario, aventurero y mal perdedor nos recordará por siempre que el caudillismo, el populismo y los extremismos son el peor cáncer de cualquier democracia. Si en un país tan sólido como Estados Unidos fueron esas condiciones capaces de provocar el bochornoso acto del Día de Reyes, imaginemos cuánto mayor daño pueden hacer en democracias más frágiles e incipientes como las de nuestra región.

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