Opinión

Testimonio sobre la tercera edad

27/3/2020 03:00

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Juan Cristóbal Soruco Q.

Desde ayer hay gente que por decreto y, si las cosas van bien, no podrá salir a las calles de nuestras ciudades hasta el próximo 15 de abril… y resulta que estoy incluido en él. No exagero si afirmo que la disposición que establece que la gente de 65 o más años de edad está prohibida de poner un pie en la calle me ha caído como un golpe la cabeza y, peor, ser parte de uno de los sectores poblacionales vulnerables ante el coronavirus… 

Hasta conocer las nuevas disposiciones era, en mi grupo familiar, el que salía de la casa cuando había que hacer alguna compra y estaba convencido de que con el barbijo en la boca y nariz, más el alcohol en gel a la mano, garantizaba mi salud y la de los míos. De hecho, mi última salida fue el martes a una farmacia, y estábamos preparando la lista de compras que haría hoy cuando llegó el batacazo normativo… Ahora, nuestra planificación debe incluir la tarea de encontrar al pariente menor de 65 años que nos ayude a hacer las compras.

Superada la primera impresión, se comprende que se trata de una norma racional que conviene acatar y que, además, es una de las pocas que impone una obligación a este grupo. Los de la tercera edad hemos recibido una serie de beneficios que los aprovechamos como conquistas antes que como retribuciones sociales. Por ejemplo, la atención preferente en los bancos y otros servicios (salvo en caso de varias instituciones estatales donde siempre me he topado con funcionarios que “casualmente” recuerdan la atención preferente solo cuando se les reclama, de lo contrario a uno lo tratan de la misma manera que al resto de sufrientes ciudadanos realizando algún trámite burocrático); también pagar menos por pasajes y algunas tarifas de servicios públicos.

Ahora, por culpa del coronavirus nos imponen una obligación y nos toca cumplirla sin más…

Podemos hacerlo realizando un aporte importante al relacionamiento virtual que ha crecido exponencialmente en estos días. Por ejemplo, podríamos ser un duro muro para frenar la difusión de las noticias falsas que abundan en las redes sociales en las que navegamos. O rebatir posiciones cuando encontramos criterios extravagantes o que tratan de pescar en río revuelto, y hacerlo incluso arriesgándonos a que nos maltrate verbalmente alguno que otro presuntuoso. Nuestra experiencia es muy rica para que nos engañen fácilmente.

De una u otra manera, creo que estamos navegando en dos ríos (y no solo en las redes). En uno, como grupo vulnerable; en el otro, como gente que, más bien, se siente en la plenitud mental de su existencia, pues no hay concepto más cierto que el diablo sabe más por viejo que por diablo. Somos vulnerables al coronavirus, pero esto no quita que hayamos acumulado saberes, memoria y experiencias, y nos sentimos capaces de volcar ese bagaje a la sociedad, más aún en tiempos en que muchos creen que ser joven es un mérito y no un estadio de la existencia.

Probablemente, dados los recursos actuales, al fin de la epidemia (que se me tinca que será más allá del 15 de abril) podremos volvernos a reunir la gran mayoría de quienes hoy estamos en cuarentena y serán muchos los días en que intercambiaremos nuestras anécdotas del encierro y especularemos acerca de cómo cambiará el planeta luego de esta experiencia para rápidamente centrar nuestra discusión sobre las siguiente elecciones nacionales y regionales.

Así, una vez más, nos olvidaremos de que somos parte de un grupo de edad vulnerable y le meteremos con pasión a lo que más nos gusta hacer. Y no sería raro, finalmente, que el ritmo de la cuarenta haya gustado a muchos, a tal punto que no quieran volver a la rutina precoronavirus.

Pero, en lo concreto, sigo traumado porque una disposición me ha incluido en el grupo etario de los que no podremos salir a la calle hasta el 15 de abril próximo porque tengo más de 65 años…

 

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