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No importa quién gane esta pulseada, que se extiende a pesar de los anuncios. Lo importante es que todos hemos perdido.

Hemos perdido oportunidades de construir un diálogo abierto, sincero, pródigo y ejemplificador. Hemos perdido abrir las ventanas para ventilar los aires enrarecidos y contaminados de viejos vicios, mañas y contubernios.

Hemos perdido tiempo para aprender a dialogar y aprender a escuchar. Cuando los discursos se caen al vacío por estar vacíos de contenidos, existen otras formas de darse cuenta, de conocer otras formas, de buscar nuevos caminos y volver a reinventarse.

Hemos perdido dinero y lo seguimos haciendo. En un país con tantas necesidades seguimos derrochando, a fondo perdido, sus riquezas como pertrechos de una guerra absurda y anodina.

Hemos perdido el buen humor social, colectivo e individual. Los ánimos se mantienen enardecidos bajo un mismo cielo, un mismo sol y una misma tierra. Se han perdido los puentes de unidad para transformarse en diferencias inexpugnables. Cada quien aferrado a su pedacito de razón atrincherados celosamente en una única verdad.

Hemos perdido el valor de resolver nuestros propios problemas, que son de todos. Nadie sabrá como nosotros hacerlo mejor, sin embargo, el espejo se ha roto y nos encontramos culpando al otro, llenos de angustia paralizante. La historia enseña que no es gritando más fuerte para mostrar que somos más poderosos, más importantes o superiores. Cuando la soberbia vence a la humildad, el viejo imán de la brújula se ha descompuesto y es momento de volver a encontrar las herramientas que lo arreglen.

También hemos perdido imagen. No solo en la percepción interna y la de nosotros mismos, donde el desánimo y la autoestima miran hacia abajo. La imagen conflictiva que se proyecta hacia afuera nos lastima en el presente y castiga al futuro. Pareciera que la terquedad nos ha vuelto irrompibles, cuando en realidad la amnesia para salir adelante y encontrar caminos posibles se nos presenta como una pared infranqueable.

Actitud endogámica que no hace más que limitar nuestras visiones y esquivar otras posibilidades que el mundo ya ha resuelto y continúa haciéndolo en beneficio propio.

De seguir así pasarán los días y las noches y el país quedará anclado en el pasado, lleno de rencores y revanchas. Detrás del atraso y delante de las falsas esperanzas.

Si buscando la paz nos aferramos a la guerra y endurecemos las posiciones bajo amenazas y ultimátum, el camino será más inclinado y peligroso.

Hemos perdido la oportunidad de aprender lo que nos dejó la pandemia. Después de más de un año y medio de angustias, enfermedades, restricciones e imposibilidades aún no se han recuperado los sectores, pero nos obstinamos en tensionar situaciones y en enfrentamientos.

Hemos perdido el volumen verdadero de la palabra diálogo y la participación del ciudadano se ha unificado en un solo lado de las cosas. Mientras tanto, la ciudadanía expectante no pierde las esperanzas, aunque se acaben las ganas al vivenciar tanta agresión desmesurada.

Queda la duda si hemos perdido la capacidad de crear consensos y entendernos o los liderazgos que transitan estos momentos históricos no están a la altura de las circunstancias. ¿Qué estamos esperando?



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