En la línea de encontrar otros caminos para el tan ansiado desarrollo y dejar de ser un país pobre, subdesarrollado y solo exportador de materia primas, es momento de actuar con inteligencia y visión para sacar ventaja de la privilegiada y estratégica ubicación geográfica.
En ese sentido, más allá de nuestra condición mediterránea, existe un proyecto que bien podría modificar profundamente el destino económico de Bolivia: el tren bioceánico.
Bolivia, aunque sin acceso soberano a los océanos Pacífico y Atlántico, ocupa prácticamente el centro geográfico de Sudamérica. Cualquier gran corredor que pretenda conectar el Atlántico con el Pacífico, o el norte con el sur del continente, inevitablemente encuentra a Bolivia como el trayecto más corto y eficiente.
Si se observa bien, la geografía nos otorgó un privilegio que la política todavía no ha sabido convertir en prosperidad.
Entre los factores que explican el desarrollo de las naciones, el más importante, obviamente, es el capital humano. Existen países prácticamente desprovistos de recursos naturales que hoy figuran entre las economías más desarrolladas del mundo gracias a la calidad de su educación, sus instituciones y su capacidad de innovación.
El segundo gran factor son los recursos naturales. Bolivia ha tenido y tiene en abundancia. Plata, caucho, estaño, hidrocarburos y, ahora, litio y minerales críticos. Sin embargo, como he sostenido en anteriores columnas, esas riquezas jamás lograron transformarse en bienestar colectivo. Terminó enriqueciendo solo a las élites políticas y económicas de turno, mientras el país permaneció atrapado en el subdesarrollo.
Nuestro Producto Interno Bruto (PIB), así como el ingreso promedio anual por persona (PIB per-cápita), están entre los más bajos de la región. Miles de jóvenes abandonan cada año el país buscando oportunidades que aquí no encuentran.
Por las generaciones que vienen es inadmisible quedar estancados. Es momento, creo, de pensar el desarrollo desde otra perspectiva.
Durante dos siglos hemos intentado “sobrevivir” explotando lo que había debajo de nuestro suelo. Quizá ha llegado el momento de buscar desarrollo y prosperidad aprovechando el lugar donde estamos.
La ubicación geográfica de Bolivia constituye un activo económico de enorme valor estratégico. Convertirnos en el gran centro logístico del continente significaría dejar de depender exclusivamente de la exportación de materias primas para comenzar a generar riqueza mediante servicios de transporte, logística, comercio internacional, almacenamiento, industrialización y conexión regional.
En esa perspectiva, el corredor bioceánico y, sobre todo, un moderno tren bioceánico eléctrico, deberían dejar de ser simples proyectos de infraestructura para convertirse en una verdadera política de Estado.
Es cierto que existen iniciativas alternativas que buscan conectar ambos océanos evitando el territorio boliviano. También es verdad que nuestra permanente conflictividad social, los bloqueos recurrentes y la inestabilidad política han reducido considerablemente nuestra credibilidad internacional. Ningún inversionista estará dispuesto a colocar miles de millones de dólares en un país donde una carretera puede permanecer bloqueada durante semanas.
Precisamente por ello, este proyecto exige mucho más que ingeniería ferroviaria. Exige estabilidad política, seguridad jurídica, una diplomacia moderna y una visión nacional compartida. Debemos abandonar definitivamente la política exterior ideologizada para reemplazarla por una diplomacia económica orientada a la integración regional y a la atracción de inversiones estratégicas. Los beneficios serían extraordinarios.
El impacto económico iría mucho más allá del simple transporte de mercancías. Bolivia se convertiría en un centro logístico continental. Surgirían plataformas industriales, puertos secos, parques tecnológicos, centros de distribución, zonas francas, servicios financieros, cadenas de suministro y miles de nuevas empresas vinculadas al comercio internacional. El efecto multiplicador sobre el empleo, la inversión privada y el crecimiento económico, podría transformar estructuralmente la economía nacional.
Naturalmente, los beneficios no serán únicamente económicos. El tren bioceánico integraría regiones, reduciría enormes desigualdades territoriales y acercaría poblaciones. Promovería también nuevos polos urbanos, parques industriales y un sinfín de oportunidades para miles de jóvenes, que ya no tendrían que emigrar para construir un proyecto de vida.
Tampoco debe subestimarse su dimensión cultural. Los grandes corredores de comunicación nunca transportan únicamente mercancías. Transportan conocimiento, innovación, turismo, ciencia, cultura e intercambio humano. Bolivia dejaría de ser un país de tránsito ocasional para convertirse en un verdadero punto de encuentro entre el Atlántico y el Pacífico, entre el Mercosur y la Comunidad Andina, entre Brasil, Chile, Perú, Paraguay y Argentina.
Los grandes países no transforman su historia únicamente porque descubren nuevos recursos naturales. La transforman cuando descubren cómo aprovechar inteligentemente sus ventajas estratégicas.
Bolivia tiene al frente a una oportunidad histórica. Durante siglos nuestro futuro ha dependido de lo que se extrae de las montañas y el subsuelo. Ha llegado el momento de apostar por aquello que ningún mercado podrá agotarnos jamás: nuestra ubicación geográfica.
Si logramos convertir esa ventaja natural en una verdadera política de Estado, el tren bioceánico dejará de ser únicamente una obra de infraestructura. Será la columna vertebral de una nueva economía, el símbolo de una Bolivia integrada al continente y, probablemente, el proyecto de desarrollo más importante desde la fundación de la República. Porque, por primera vez en mucho tiempo, nuestra mayor riqueza no estaría enterrada bajo la tierra, sino precisamente sobre ella.
* Rolando Tellería A., profesor de la Carrera de Ciencia Política de la UMSS