Opinión

Triste final de Edgar Allan Poe

El Deber logo
3 de febrero de 2020, 3:00 AM
3 de febrero de 2020, 3:00 AM

Desandar caminos sinuosos de los genios no es una tarea sencilla, pero sí fascinante. Ese soleado día de primavera, en 1979, la avenida Fordham hervía de gente, y varias tiendas que abundan en Manhattan ofrecían sus múltiples productos al socaire de protestas y vuvuzelas, especialmente en la Gran Manzana. Nuestro destino estaba a 400 metros: una pequeña cabaña de madera de estilo holandés, blanca de techo negro, que se veía tan frágil rodeada de edificios altibajos. Sin embargo, algo de la atmósfera de mediados del siglo XIX parecía haber quedado flotando en el lugar, retenido entre el verde olivo del césped y los añosos cipreses.

Y no nos resultó difícil ni a mí ni a mi compañero de viaje Blend Stoker, imaginarlo en 1846, cuando a esa cabaña de madera con porche y un primer piso se mudó el escritor, crítico y periodista Edgar Allan Poe con su esposa Virginia y su suegra. El lugar entonces era un bosquecillo puro, interrumpido por un hotel, un par de tabernas y una herrería, muy lejos de una Nueva York que apenas llagaba hasta lo que hoy es Times Square. Considerado “Mago del enigma, del horror y del relato corto”, también fue calificado como “Padre de la literatura norteamericana moderna”, dejó para la posteridad una producción antológica y un pensamiento sobrecogedor: “Cuando un loco parece completamente sensato, es ya el momento, en efecto, de ponerle la camisa de fuerza”. Nuestro personaje llegó a esos lares buscando aires más saludables para Virginia, enferma de la incurable tuberculosis.

Una cama, un espejo y una mecedora son los elementos originales que conserva el cottage (casita de campo) de Poe, autor de El corazón delator, Cuento de lo grotesco y arabesco o poemas como el ya entonces famoso El cuervo. Sí, Poe había alcanzado cierta fama en su oficio de escribidor, pero el dinero escaseaba. En el Bronx vivió entre privaciones, y se cuenta que su suegra salía de noche a recolectar verduras de las huertas de vecinos para poder comer.

Los céfiros campestres no ayudaron a la pobre Virginia, que murió en esta vivienda pequeña y tosca a comienzos de 1847. Y su viudo, qua ya había alcanzado un perfil consagratorio, inició también una de las etapas más oscuras de su vida. Dicen que solía visitar la biblioteca de la Universidad de Fordham, donde los religiosos vivientes le convidaban cigarros y una bebida aromática llamada “la sangre de Cristo”.

Poe solo vivió en el Bronx tres años. A medianoche del 3 de octubre de 1949, el hombre que hizo millonarios a muchos editores y libreros apareció muerto en una calle de Baltimore, en circunstancias que nunca fueron esclarecidas. Un testigo presencial de aquel hecho doloroso, declaró a la Policía: “Cruzó la bocacalle después de trastabillar y mostrar signos delirantes, cayendo pesadamente sobre el piso resbaladizo, donde permaneció inmóvil para siempre”.

Tags