29 de abril de 2023, 9:55 AM
29 de abril de 2023, 9:55 AM

El espacio aéreo de Santa Ana de Yacuma, en el departamento de Beni, fue escenario reciente de una tragedia que segó la vida de los cinco ocupantes de una avioneta que se precipitó a tierra, después de que perdiera sus dos alas, un hecho absolutamente inusual y hasta de extremos insólitos en el campo de la aviación, en términos generales. 

Las impactantes imágenes del accidente fueron registradas por testigos ocasionales en sus dispositivos móviles y luego divulgadas ampliamente a través de las redes sociales. Es posible atribuir la grave falla estructural a los años de uso del aparato y al consiguiente desgaste o a la ‘fatiga del material’ en partes o componentes principales. O a la falta de un periódico y cuidadoso mantenimiento técnico, algo que tendría que dejar en claro una investigación minuciosa de las causas del desastre.

Pero no es la primera vez que en aquel municipio beniano se registra, en el tiempo corto, la caída de una aeronave con saldos fatales. En el mes de marzo de 2016, otro aparato de similares características impactó contra el mercado público y estalló en llamas, provocando la muerte instantánea de sus seis viajeros y de dos comerciantes alcanzados por la explosión y el fuego, además de una decena de heridos. 

La semana pasada, en las afueras de Santa Cruz de la Sierra, por fallas en el motor, el pequeño avión de una escuela de pilotaje hizo un aterrizaje forzoso, felizmente sin consecuencias para sus dos únicos ocupantes, el instructor de vuelo y su acompañante. En enero pasado, despegó de El Trompillo una avioneta que luego se estrellaría en territorio paraguayo con 500 kilos de cocaína cargados a bordo en un hangar al lado de otro de la Felcn en el mismo aeropuerto cruceño.

 Hace pocos días, en el aeropuerto de Tarija, los pasajeros de un vuelo comercial de BoA, la ‘línea aérea bandera’ boliviana, sufrieron un susto mayúsculo cuando estando por decolar, la nave realizó una brusca frenada, antes de retornar a la terminal aérea para su revisión. 

Tampoco dejó de llamar la atención el frustrado viaje de la delegación del club Always Ready desde La Paz al ‘aeropuerto internacional’ de Chimoré, en pleno trópico cochabambino, para disputar un encuentro con su homólogo Palmaflor, en el marco del torneo oficial de la División Profesional del fútbol boliviano. 

Dicho club había contratado para un vuelo chárter, los servicios de una nave Fokker de propiedad de la Fuerza Aérea Boliviana (FAB) pero la operación no fue autorizada por la Dirección General de Aviación Civil (DGAC) y la Dirección de Navegación Aérea y Aeropuertos Bolivianos (Naabol) porque sus aviones no están habilitados para el transporte de civiles y solo pueden realizar vuelos solidarios o humanitarios por desastres naturales o por evacuación.

Además, el aeródromo de Chimoré no tiene capacidad de recibir aviones con más de 8.000 kilos de peso y el de la FAB superaba los 11.000 kilos. No obstante, es de público conocimiento que en agosto de 2022 y pese a restricciones internacionales vigentes, se autorizó, desde los niveles de gobierno, un vuelo de BoA para trasladar, desde la misma terminal, a delegaciones deportivas hasta sus sedes de origen, tras haber participado en la denominada Copa Evo en el trópico cochabambino.

 Entre ‘accidentes’ e ‘incidentes’ como los descritos en este comentario editorial, son más que evidentes las turbulencias que afectan seriamente las operaciones aéreas en los cielos bolivianos, en ausencia de controles  que, por razones obvias de explicar, deberían ser permanentemente rigurosos y eficientes.