Opinión

Un ángel que se fue

Manfredo Kempff 5/9/2020 05:00

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Son tantos los acontecimientos políticos que suceden en el país, tantas las obligaciones con los amables lectores, que, desde hace mucho, me he inhibido de escribir sobre sobre otros asuntos que tienen que ver con la literatura, la historia, las amistades que parten de este mundo, la vida cotidiana, y mucho menos con la familia, que, se supone, no tiene interés sino para quien lo escribe.

A mi edad, son varios mis tíos y primos que han fallecido, además de mi amada madre, Justita, que se fue hace cinco años dejándonos un gran vacío. Pero la noche del sábado pasado, dejó de existir en su casa del barrio de Equipetrol, donde vivió durante más de cuatro décadas, mi tía Anita, hermana menor de mamá, que era la mayor de doce hermanos.

Anita Suárez Montero era hija de Virgilio Suárez Roca y de Rogelia Montero Aguilera, estuvo casada con nuestro recordado Marcelo Terceros Banzer, con quien tuvo tres hijos varones y tres mujeres. Mis recuerdos más lejanos de ella vienen de los años 50, cuando el matrimonio y sus primeros hijos vivían en la vieja casona de la calle Junín, propiedad de doña Josefina Banzer de Terceros, suegra de Anita, señora a quien recuerdo siempre sentada en una butaca cerca al ingreso; casa señorial, de dos patios poblados de helechos, chinitos, buganvilias, y macetas con flores, además de un aljibe en el patio principal donde se almacenaba el agua. Como en todas las casonas de antaño, las habitaciones de la familia estaban en torno a los patios, una al lado de la otra, y en una de ellas vivieron durante mucho tiempo Anita con mi tío Marcelo y sus hijos, mis primos.

El solar alegre y cálido se vio oscurecido por la política, porque, en los años 50, su esposo, Marcelo, fue apresado por el gobierno de turno y enviado a los campos de concentración de Coro Coro, y Catavi, donde padeció durante más de tres años, y otro año encarcelado en La Paz. Seguidor y amigo de líderes de la talla de Oscar Únzaga de la Vega y de Mario Gutiérrez, tuvo que pagar caro por su falangismo acendrado y su religiosidad. Sufrió las torturas y malos tratos sin quejarse, pero, además, sin comentarlo con nadie. Cuando fue liberado y regresó al hogar conoció su hija Beatriz que ya tenía cuatro años y que lloraba al ver a ese señor, extraño para ella, que la alzaba y la acariciaba. 

Las penurias económicas de entonces fueron apremiantes como las de los perseguidos políticos y los exiliados de todos los tiempos. Fue Anita la que, en toda esa etapa de ausencia y persecución, debió velar por sus hijos. Tener un techo era esencial y ella lo tenía en la casa solariega. Pero, además, en el pueblo chico, el sentido de familia era enorme, la solidaridad emocionaba, y en los momentos de penuria no faltaba el amor materno, el de los hermanos y hermanas, que, aunque todos en situaciones de apremio político similares, se ayudaban. 

Cuando pasaron los malos tiempos para la pareja, Marcelo Terceros Banzer fue designado embajador en España y Brasil, además de Viceministro de Relaciones Exteriores, donde realizaron con Anita un dignísimo papel y cultivaron amistades que los recuerdan hasta el día de hoy. La esposa del embajador, convertida en una artista apacible y delicada que pintaba flores sobre porcelana, realizó el rol diplomático que se requería, además de mantener una estrecha relación con los compatriotas que se le aproximaban tanto en Madrid como en Brasilia. Con amor e inteligencia colaboró en el éxito que todo esposo requiere en esas especiales funciones.

Su mirada, su voz, su sonrisa y hasta sus gestos, eran los de una mujer virtuosa. En el fondo era una verdadera santa, que, sin descuidar ni por un instante a su familia, dedicó 36 años de su vida a velar diariamente por el Museo de Arte Sacro de la Catedral de Santa Cruz, que lo custodió hasta el final, y que lo conocía a tal extremo que guiaba a algunos de los visitantes – como lo hizo conmigo – habiendo ya perdido la vista. Por eso y mucho más mereció del reconocimiento del Arzobispo de Santa Cruz, Monseñor Sergio Gualberti. Y por eso también, para recordarla con cariño, hoy hemos dejado de escribir sobre la exasperante política.