Escucha esta nota aquí


Fue solo un año y pareció toda una vida. El 10 de marzo de 2020 llegó el coronavirus a Bolivia. Demoró tres meses después de su surgimiento en China y después de que aquí se viera el impacto que estaba causando en el mundo, especialmente en el hemisferio norte. El miedo ya había invadido los hogares, había incertidumbre, pero nadie imaginaba cómo cambiaría la existencia de las personas: el relacionamiento sin abrazos ni besos, la ausencia de celebraciones masivas, el trabajo y la educación a distancia. De lo que sí se sabía era de la precariedad de la salud, la ausencia de recursos humanos y materiales en los hospitales. Eso acrecentaba el pánico que los bolivianos ya vivían hace 365 días.

El coronavirus ya ha afectado a más de 117 millones de personas y ha causado 2,6 millones de muertes en todo el planeta. En Bolivia, según los registros oficiales hasta el lunes, se han producido 254.736 contagios y 11.842 fallecidos. Eso es lo que se reporta, pero también se sabe que hubo y hay un subregistro que, en principio, se debió a la falta de capacidad para hacer pruebas según la demanda y después a que muchas familias optaron por tratarse en casa sin dar a conocer la situación de salud.

Santa Cruz aún es el departamento más golpeado con más de 5.300 decesos y más contagios que ningún otro.

Un año de pandemia deja mucho por relatar y probablemente las futuras generaciones no lleguen a creer el impacto y el dolor causado en familias que perdieron a uno, dos o más seres queridos; médicos que se sacaron la piel para salvar a sus pacientes y que aún así fueron maltratados desde el principio. Solo hay que recordar que no tenían batas ni barbijos ni guantes en una primera etapa; que demoraron la decisión de hacerles contratos, no en una sino en dos oportunidades; y que tampoco se escuchó su voz científica, especialmente cuando alertaban de la llegada de la segunda ola a Santa Cruz y a Bolivia.

La pandemia también dejó ver la cruda realidad: la informalidad que manda en la economía y que dejó sin comer a miles de ciudadanos durante el confinamiento: la pobreza que desafía a los exitosos índices de desarrollo humano que exhibía el Gobierno de Evo Morales o la improvisación y las carencias en materia de educación no solo durante el Gobierno de Jeanine Áñez sino también en el de Luis Arce.

En suma, a Bolivia le pasó lo mismo que al rey desnudo. Todos le decían lo linda y bien vestida que iba hasta que se dio cuenta de que en realidad le faltaba todo y se transparentaba la ausencia de políticas reales destinadas a transformar la calidad de vida de sus habitantes. Fueron 14 años de pintar una realidad y un año bastó para demostrar que todo era un cascarón que se fue fragmentando.

En ese proceso también salió a la luz uno de los principales males: la corrupción. Antes, cuando se compraron respiradores con sobreprecio y ahora, cuando se sabe que hay vacunaciones vip; es decir, tráfico de influencias para beneficiar a unos pocos vinculados a las élites políticas, en desmedro de quienes más necesitan atención e inmunidad.

No todo fue malo. Un año de pandemia también permitió ver que el corazón de los bolivianos es más grande que sus autoridades. Se activaron redes solidarias y se dio la mano al más necesitado. El dolor dio sus frutos demostrando resiliencia para continuar, a pesar de la actuación de actores políticos nefastos que dejaron ver lo peor, como cuando la crueldad impidió que lleguen tubos de oxígeno a los hospitales por los bloqueos camineros.

Ha pasado un año y es bueno hacer el balance. Son muchas vidas sacrificadas y ahora hay mucha esperanza en las vacunas. Que tanta historia sirva para aprender y para ser mejores a todo nivel.

Comentarios