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En el vértigo de la sorpresa por su sorpresivo nombramiento como cardenal, Toribio Ticona se ha mandado de entrada un par de declaraciones que han sacado ronchas a moros y cristianos.

Ya sea por simple impericia en las grandes ligas o por una errada decisión de comenzar lanzando una de cal y otra de arena, el hombre ha dicho, en cuestión de horas, que el nuevo Palacio de Gobierno le parece demasiado lujo y ostentación en un país en donde faltan tantos hospitales y escuelas, y, por otro lado, que aún debe pensar en su posición acerca del 21-F y de la reelección indefinida.

Antes de abalanzarnos a festejar el sopapo a Evo Morales y a su nuevo juguetito de 250 millones de bolivianos, o a condenar su exabrupto en relación con el desconocimiento de la voluntad ciudadana, probablemente conviene detenerse a evaluar el verdadero peso que podrían tener las palabras del flamante cardenal.

No vaya a ser que, por puro desconocimiento, terminemos atribuyéndole a sus declaraciones más o menos peso de las que realmente deberían tener, y poniendo además al caballero en una posición aún más incómoda de la que debe estar en su inesperado cargo.
En esa línea, lo primero que hay que decir es que las opiniones de Ticona son estrictamente personales, porque sencillamente no puede hablar a nombre de la Iglesia católica.

Y guarda, no es que yo esté intentando descalificarlo; lo que pasa es que su figura es la de un cardenal emérito, que no tiene derechos plenos. Se trata, técnicamente, de un cardenalato honorífico que no goza de todos los derechos, entre ellos el de elegir papa o ser elegido papa.

Tampoco es jefe de los obispos bolivianos ni representa la voz de los obispos bolivianos; la cabeza de los obispos es un cargo electivo, ocupado actualmente por Ricardo Centellas, obispo de Potosí.

Ticona está jubilado, no es un obispo en ejercicio, y por lo tanto no tiene diócesis. Para ponerlo claro, sin ningún afán despectivo porque además no hay motivos, pese a ser boliviano, no es el cardenal de Bolivia, como lo fueron Maurer y Terrazas. Así funciona la compleja estructura de la Iglesia y ese es el lugar escogido para un hombre de más de 80 años.

El papa Francisco, que no da puntada sin hilo político, seguramente ha querido hacer un reconocimiento y honrar a un amigo personal, mandando además la señal de que un país con un presidente indígena debería tener un cardenal indígena; pero no solamente indígena, sino un sacerdote que viene de los sectores más humildes de la sociedad y que representa la cercanía y la sensibilidad de la Iglesia con los más débiles y con los más necesitados, y esa es la Iglesia que necesitamos, sobre todo en Bolivia. Ese es el estilo del papa, y ha hecho ese tipo de nombramientos disruptivos con la lógica de ascensos de la Iglesia en diferentes lugares del mundo, y es probablemente en esa clave que hay que entender el nombramiento.

Pero todo esto quiere decir también que el cardenal puede decir lo contrario a lo que dicen los obispos, sin que tengamos que tirarnos al suelo ni rasgarnos las vestiduras. En el caso preciso del 21-F, la Conferencia Episcopal Boliviana adoptó oportunamente una posición clara y firme, exigiendo el respeto al voto ciudadano y advirtiendo que la reelección indefinida abre el camino al totalitarismo.
Termino expresando mis respetos a la larga trayectoria de Ticona y mis deseos de éxito, como también mi compasión por haber recibido una carga tan pesada.

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