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EDITORIAL

Un compromiso renovado con la democracia

Editorial El Deber 21/10/2019 03:00

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Bolivia ha dado una nueva y cabal demostración de su profunda vocación democrática durante las elecciones generales realizadas ayer y catalogadas como las más reñidas de los últimos 17 años. 

Debe resaltarse que más de 7 millones de ciudadanos habilitados para ejercitar su derecho al voto, incluyendo a 341.000 compatriotas residentes en 33 países del exterior, asumieron el compromiso de definir los destinos nacionales por el próximo lustro, entre 2020 y 2025, a través de la elección de sus principales gobernantes, además de los miembros de la Asamblea Legislativa entre las nueve organizaciones políticas habilitadas al efecto. 

Un hecho acaso decisivo en la trascendente cita y sus resultados fue la participación de los bolivianos ‘sub-40’ que constituyeron el 56% del padrón electoral y tuvieron en sus manos la crucial definición en las urnas. 

Tampoco debe perderse de vista que el irrespeto al 21-F, la destrucción dantesca del bosque bajo el fuego sin control durante más de dos meses en la Chiquitania y los cabildos de convocatoria masiva y espontánea en diferentes ciudades del país, tras el que reunió a más de un millón de personas al pie del Cristo Redentor en Santa Cruz de la Sierra demandando el cambio de un ciclo en el país, influyeron en el ánimo de una más que significativa corriente sufragante.

 Una tendencia que, democráticamente, parece inclinada por una nueva opción en los mandos de la nave del Estado, 14 años después de la arrolladora llegada y presencia del masismo acaudillado por Evo Morales que, de modo inevitable, está acusando los efectos del desgaste en un prolongado e irrestricto ejercicio del poder. 

La participación ciudadana en una jornada caracterizada por la tranquilidad fue la mejor respuesta a la necesidad imperiosa de continuar consolidando la todavía incipiente e imperfecta democracia boliviana, a poco más de tres décadas de su costosa recuperación de las garras de la dictadura. Una respuesta que contrastó con la desteñida campaña preelectoral carente de debate y de propuestas, en la que fue una constante la guerra sucia, el todo vale, entre los oponentes en demanda del voto.

Una guerra que rompió el silencio electoral y que incluyendo noticias falsas, se expandió como reguero de pólvora a través de las redes sociales. El ambiente tranquilo del que hacemos referencia durante la jornada electoral registró incidentes aislados, siendo el de mayor repercusión el que tuvo como protagonistas a fuerzas policiales que, en confuso operativo, allanaron sorpresiva y violentamente la casa de campaña de una fuerza opositora, gasificando y deteniendo a más de un centenar de personas que se encontraban en el lugar. 

El confuso accionar de las fuerzas del orden que mereció la repulsa ciudadana fue la nota discordante. Por lo demás, alrededor de un centenar de veedores internacionales avalaron el normal desarrollo de los comicios, no obstante que fueron dirigidos y regulados por un árbitro electoral de cuestionada credibilidad y que mantuvo la censura previa hasta último momento obstruyendo la posibilidad de contrastar los resultados y, además, acrecentando la inquietud ciudadana al demorar inopinadamente el conteo de los sufragios. 

Hoy, el día después, con las tensiones liberadas y con una segunda vuelta electoral virtualmente consolidada, Bolivia empieza a asomarse a un tiempo nuevo que debe marcar, entre otras cosas, el fin de la confrontación entre los bolivianos y que demanda la presencia de constructores de la unidad real y de una paz duradera imprescindibles para forjar, en plena vigencia y goce de la democracia, un mejor destino para el país y para su gente.