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2 de abril de 2018, 4:00 AM
2 de abril de 2018, 4:00 AM

La realidad virtual que vivimos en las redes sociales, ha hecho posible el deseo de Roberto Carlos de tener un millón de amigos. En mi modesto caso, en el Facebook, tengo cerca de 5.000, de ellos debo conocer a unos 300 y de esos algunos son, en la realidad real, amigos. A diario interactúo con muchos de ellos y en ciertas ocasiones, en las que mis publicaciones han tenido efímeros éxitos, he llegado a tener varios centenares de “me gusta”, así como comentarios al respecto.

Las redes me han permitido encontrar a viejos amigos y compañeros, ya sea de barrio, de colegio, de universidad y a excolegas de trabajo, con quienes no tenía contacto desde hacía años, por no decir décadas; así como conocer a otra gente linda, entre ellos a escritores con los que luego he coincidido en encuentros literarios y festivales de poesía dentro y fuera del país. También me ha permitido conocer a compatriotas que viven en otros países y a personas de otras nacionalidades, con las que he desarrollado una amistad cibernética que se refuerza cada día. Debo reconocer que, la mayoría, de los encuentros virtuales me satisfacen profundamente y me han ayudado a seguir creciendo y mejorando como ser humano. 

En las redes hay de todo. Desde aquellos que pasan todo el día atacando al Gobierno y a sus representantes, seguros de que lo van a desestabilizar y los que lo defienden a rajatabla defenestrando a los políticos de la oposición, ambos bandos utilizan desde breves comentarios irónicos, sarcásticos o denigrantes hasta los celebérrimos memes cuya principal característica es abusar del humor; también están los que, emputados con el mundo y sus alrededores, agreden a otros bajo cualquier pretexto buscando sus 15 segundos de fama que nunca les llega, porque no se dan cuenta de que su enojo es con ellos mismos; los que comparten cadenas cristianas y fotos de personas desaparecidas; los que suben fotografías de su mascotas y de sus plantitas. Los que promocionan sus tiendas y los productos que venden; los que suben caricaturas, paisajes o las tapas de sus libros en la foto del perfil. Los que usamos las redes para promocionar literatura, arte y cultura en general, así como compartir nuestros escritos, ensayos literarios y políticos, música, fotografías, pensamientos, cumpleaños, libros y otras “cosas peores”, pero agradables como dicen mis hijos. Cada quien tiene sus gustos y preferencias que respeto mientras no ofendan al prójimo.  

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