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A veces llega un libro que nos hace plantearnos el tiempo desde una escala que trasciende el limitado y ciego paso por el mundo de un ser humano. El libro nos recuerda que la Tierra ya ha sufrido cinco episodios de extinción masiva -el más reciente hace 66 millones de años- durante los cuales murieron entre el 75% y el 96% de las especies del planeta. Ya fuera por el impacto de un meteorito, por enormes erupciones volcánicas o por la fluctuación del nivel del mar, lo concreto es que el 90% de las especies que alguna vez habitaron la Tierra se ha extinguido, y la recuperación de la biodiversidad fue en cada ocasión un proceso increíblemente lento, de millones de años. El libro sugiere que estamos ante las puertas de una nueva extinción masiva, y no harán falta miles, ni siquiera cientos de años para ver los resultados: de hecho, el proceso ya ha empezado y, si no hacemos nada, para el 2100 el planeta será un lugar donde la vida resultará imposible.

El libro se llama La Tierra inhabitable. La vida después del calentamiento (2019) y es del periodista estadounidense David Wallace-Wells. Anuncia que el calentamiento global ya llegó y que sus efectos son mucho más graves de lo que imaginamos. En los años desde la Segunda Guerra Mundial hemos emitido más gases de efecto invernadero por causa del uso de combustibles fósiles que en toda la historia de la humanidad, y ahora mismo hay un tercio más de carbono en la atmósfera del que ha existido en los últimos 800.000 años. Esta es una historia en la que, por un lado, tenemos a los científicos pregonando en el desierto desde hace décadas todas las catástrofes que nos esperan cuando el planeta esté más caliente y, por otro, tenemos a los líderes de todo el mundo apretando furiosamente el acelerador hacia el desastre. Esta es una historia en la que la destrucción del planeta también significará el fin del sistema que nos trajo hasta aquí: el capitalismo. Pero también será el fin de toda la vida, humana, animal y vegetal, como la conocemos ahora.

“Quizás tengas la esperanza de simplemente revertir el cambio climático; no puedes. Nos dejará atrás a todos”, dice Wallace-Wells. Las condiciones que permitieron la evolución del ser humano a lo largo de miles de años han sido alteradas de forma irreversible, y nuestro concepto de lo normal también ha cambiado: si hasta la generación de nuestros abuelos los huracanes sucedían con una frecuencia de uno cada 500 años, solo entre 2015 y 2017 tres huracanes azotaron Houston. El año pasado, decenas de lugares alrededor del mundo alcanzaron temperaturas récord; cientos de incendios forestales asolaron los Estados Unidos, mientras que en Japón 1,2 millones de personas fueron evacuadas a causa de “lluvias bíblicas”; un tifón obligó a evacuar a 2,45 millones en China, y Kerala (India) padeció la peor inundación en casi cien años… El calentamiento global no es una posibilidad futura sino un proceso cuyas consecuencias se sienten en todo el mundo.

Y lo que nos espera es muchísimo peor: cuando la Tierra se caliente dos grados, algo que sucederá en este siglo, “las capas de hielo empezarán a colapsar, 400 millones más de personas sufrirán la escasez de agua, grandes ciudades en la banda ecuatorial del planeta se volverán inhabitables e incluso en las latitudes septentrionales las olas de calor matarán miles cada verano. Habrá 32 veces más olas de calor en la India y cada una durará 5 veces más, afectando a 93 veces más cantidad de gente. Este es nuestro mejor escenario. A los tres grados, Europa del sur estará en permanente sequía, la sequía promedio en Centroamérica durará diecinueve veces más y en el Caribe será 21 meses más larga. En África del norte, la figura es sesenta veces mayor: cinco años. Las áreas quemadas cada año por incendios forestales se duplicarán en el Mediterráneo y se sextuplicarán, o más, en los Estados Unidos. A los cuatro grados, habrá ocho millones más de casos de dengue solo en Latinoamérica y crisis alimenticias globales casi anuales”. Para 2050, en el océano habrá más plástico que peces (el magnífico documental Nuestro planeta, disponible en Netflix, muestra de manera impactante las consecuencias del cambio climático en todos los ecosistemas globales).

Wallace-Wells señala que, con cada medio grado de calentamiento global, aumentan entre 10 y 20% las posibilidades de conflicto armado, y pone como ejemplo la guerra civil en Siria, que fue antecedida por una larga sequía.

El panorama es sombrío, y La Tierra inhabitable hace poco por apaciguar nuestros temores: por el contrario, Wallace-Wells cree que el miedo puede sacar a la gente del adormecimiento y la apatía e inducir a la acción. En un momento en que Trump ha retirado a Estados Unidos (uno de los países que más emite carbono del mundo) del Acuerdo de París para mitigar el cambio climático, y en que la elección de Bolsonaro en Brasil amenaza la supervivencia del Amazonas (los árboles amazónicos absorben un cuarto de las emisiones de carbono globales), es urgente que los ciudadanos sean conscientes del poder del voto para elegir líderes responsables con el medioambiente, y de la capacidad que tienen para exigir el cumplimiento de una agenda medioambiental.

Bolivia no está a salvo de las consecuencias del cambio climático. El lago Poopó, que era el segundo más grande de Bolivia, y hábitat de una gran cantidad de aves, desapareció en 2015 y fue declarado zona de desastre en 2016. El anuncio del Gobierno de llevar adelante el proyecto hidroeléctrico Bala-Chepete en el Amazonas beniano y la autorización para la explotación petrolera en la reserva natural de Tariquía de Tarija son preocupantes amenazas al medioambiente y a los pueblos indígenas de Bolivia.

La filósofa belga Isabelle Stengers ha escrito: “Pertenezco a una generación que quizás será la más odiada en la memoria humana, la generación que ‘sabía’ pero no hizo nada o hizo muy poco (cambiar los focos, reciclar, andar en bicicleta…). Pero también es la generación que evitará lo peor: para entonces ya estaremos muertos”. Pensar fuera de la escala de tiempo de la vida humana implica imaginar el mundo que dejaremos a la próxima generación; también nos obliga a pensar en un planeta en el que por millones de años no existieron los seres humanos, y en el que la permanencia humana no está de ninguna manera garantizada en el futuro.

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