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22 de noviembre de 2023, 3:00 AM
22 de noviembre de 2023, 3:00 AM

Ignacio Vera de Rada

El humo vuela por el aire sin tener en cuenta que la frontera termina en uno u otro lugar: no tiene ningún respeto. Eso quiere decir, por ejemplo, que una sociedad contaminadora podría contaminar a otra contigua pero que sea ordenada, limpia y respetuosa del medioambiente. El problema del medioambiente es, pues, al igual que la carrera armamentística, uno de los problemas globales que necesitan coordinación y respuestas globales. Hace poco, Uruguay, un país ordenado y de poca población, sufrió escasez de agua debido no solo a una mala administración de recursos, sino a la falta de lluvias, fenómeno cuyos responsables no son solo los uruguayos, sino todos los seres humanos, que cada vez estamos desestabilizando más la biósfera.

A lo largo de cientos de miles de años, la naturaleza fue estabilizando la tierra para que la vida de Homo sapiens fuese posible en ella, y cuando los primeros seres humanos la habitaron, aquella estaba presumiblemente en un estado de delicioso equilibro climático. El problema comenzó en realidad hace mucho tiempo, cuando los efectos de la Revolución industrial. Aunque, si somos más imaginativos, podríamos incluso decir que la degradación de los hábitats se comenzó a producir mucho antes, cuando la mano del ser humano, especie de asesino ecológico, comenzó a construir casas, caminos y luego industrias.

Uno de los efectos del cambio climático es parecido a uno de los efectos de la crisis económica: quienes más lo sufren son los menos favorecidos económicamente. La evaporación de lagos y la desaparición de arroyos hacen que miles de pobladores de zonas rurales deban migrar, so pena de perecer en sus lugares de asentamiento. Lo problemático es que, pese a que el ser humano se dé cuenta de la gravedad de la amenaza y haga algo hoy mismo para que desaparezca (algo que no ocurrió ni parece que vaya a ocurrir a corto plazo), los efectos aun así podrían ir adquiriendo un impulso irrefrenable: aunque dejemos de quemar gas, petróleo y carbón alocadamente, el mundo seguirá absorbiendo más calor debido a que las capas de hielo polares, que son las que reflejan la luz solar al espacio exterior (el fenómeno físico llamado albedo), se seguirán derritiendo a un ritmo acelerado.

Hay muchas cosas que los gobiernos, tanto de países desarrollados como de países pequeños, podrían implementar para frenar el cambio climático, pero para ello se necesita cooperación, coordinación y colaboración recíprocas, acciones que muchas veces están muy lejos de sus intenciones por diversos motivos: nacionalismos cerriles o directamente ignorancia, entre otros. El punto importante es el carácter internacional del problema, pues las soluciones trascienden los límites fronterizos de los estados. En el caso de los incendios que se registran actualmente en Bolivia, por ejemplo, se puede decir que el humo que hoy intoxica a ciudades enteras podría estar mañana en ciudades o poblados de países vecinos como Argentina o Brasil (países que, dicho sea de paso, ya deberían haber hecho un llamado de atención al Gobierno boliviano por los desastres forestales que no están siendo debidamente atendidos). Entonces, si, por ejemplo, salieran desde la Casa Rosada o Planalto políticas verdes de preservación medioambiental, estas no tendrían el mismo impacto positivo que podrían tenerlas si Bolivia siguiera devastando bosques y perforando glaciares. He ahí la importancia del criterio internacionalista en lo tocante al cambio climático.

Es interesante —aunque muy soñador— pensar en una organización supranacional que tenga decisión vinculante y que los estados cedan grados de su soberanía. Es que sería un desperdicio que, por ejemplo, Egipto instalara miles de paneles solares pero que el Nilo se secase igualmente por la desenfrenada explotación del medioambiente por parte de lejanos extranjeros, o que Shanghái y Tokio se pusieran las pilas para ser cuidadosos con la naturaleza, pero que tuvieran que soportar tifones e inundaciones por la irresponsabilidad de lejanos estadounidenses y rusos inconscientes del peligro que supone botar desechos por todas partes y seguir construyendo fábricas humeantes. El problema, repito, es internacional y su solución dependerá de una actitud de colaboración entre todos.

Ignacio Vera de Rada es profesor universitario

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