Opinión

Un refugio fugaz de los viajeros

El Deber 4/5/2017 04:00

Escucha esta nota aquí

A las 5:00 hay ‘zombis’ que caminan en la estación de buses, tirando de una maleta cansada o cargando una mochila de trotamundos. Se han ido bajando de los motorizados que han llegado de manera intermitente hasta este destino, a la peor hora que puede llegar alguien a una ciudad o a un pueblo o a un punto remoto del planeta: de madrugada y cuando el sueño no ha terminado de irse porque la noche aún está con sus persianas abajo.

Aquí no hay ni periódicos recién salidos del horno ni televisores encendidos, tampoco hay tiendas de ‘duty free’ abiertas ni señal gratis de internet ni servicios de transporte urbano empezando a hacer sus primeras rondas. Lo que aquí hay es una comunidad diversa y amparada por el misterio del aburrimiento. Hay, sobre todo, personas que mastican una madrugada incómoda. Este es un lugar de paso improvisado, un refugio fugaz de pasajeros que no tienen quién les ladre. Pero ahora la madrugada está todavía viva. Los que no duermen acostados en el suelo o encima de las sillas están buscando enchufes donde pueden cargar sus teléfonos móviles y en un punto de esta terminal se produce un hormiguero donde gana el que llega primero, y los que lo hicieron después merodean dando vueltas como si tuvieran todo el tiempo del mundo, arrastrando los pies que caminan para no dormirse.

Una mujer se ha sentado en una de las sillas que ha encontrado vacía. A su lado hay otras personas que dormitan. Ella las despierta preguntándoles si saben dónde hay un zapatero y se saca la sandalia de uno de sus pies y lo muestra destripado. “Se ha roto el taco”, dice y admite la vergüenza que tendrá cuando se levante de ahí, cuando la vean que se mueve como un coche con una llanta pinchada. Su vecina de silla le dice que también tiene un drama, que su teléfono móvil tiene una falla y que no se puede comunicar con su esposo para que vaya a recogerla a la terminal. La mujer del zapato sin taco le dice que ella sabe solucionar ese tipo de cosas. Toma el teléfono y en pocos segundos cumple su palabra. “Yo quisiera saber arreglar calzados”, le dice la mujer del teléfono, que tiene ganas de devolverle la gentileza. 

Comentarios