Edición Impresa

EDITORIAL

Un sistema carcelario agotado y vergonzoso

Editorial El Deber 15/2/2020 03:00

Escucha esta nota aquí

Salvo raras excepciones, las noticias que provienen de las cárceles de Bolivia no son buenas. La más reciente tiene que ver con un reo brasileño que en la cárcel beniana de Mocoví mató con un explosivo a dos internos e hirió a otros 32 presos. La granada había sido ‘importada’ de la cárcel cochabambina de El Abra e introducida al penal de Mocoví entre alimentos y otros productos.

Así como viajan armas de alta peligrosidad, también lo hace cualquier tipo de elementos. Drogas, alcohol, televisores, celulares, armas de fuego y, por supuesto, dinero. Prueba de ello, hace unas horas, en una requisa en el penal de Palmasola se halló todo tipo de mercancías, instrumentos y objetos para delinquir, engordar el sistema que rige y que exige a diario mayor demanda para subsistir.

Estos hechos y eventos mencionados son una perla más de un sistema penal que ha colapsado hace tiempo y que nadie fue capaz de ir más allá de sus palabras y buenas intenciones.

En la cárcel modelo de Santa Cruz de la Sierra el área más requerida es el PC-4, donde los reclusos llegan a pagar hasta 3.000 dólares de alquiler por un lugar donde pasar su condena. Eso sí, el ambiente tiene todas las condiciones casi de lujo, con gimnasio, internet y televisión por cable.

A la falta de condiciones para las terapias de estudio y trabajo, se le suman las necesidades de supervivencia ante las mafias internas y los grupos de poder que someten a la mayoría de esta superpoblación.

Los datos de los informes nacionales e internacionales son por demás contundentes. Por ejemplo: Bolivia se encuentra entre los diez países con mayor sobrepoblación carcelaria en el mundo y es el segundo a escala latinoamericana después de El Salvador, según datos recientes de la Organización de los Estados Americanos (OEA).

Hoy padece de casi un 300% de hacinamiento en los distintos centros penitenciarios. La situación de reos es precaria e infrahumana. Hay más de 19.000 reos en las cárceles del país y su capacidad solo puede sostener unos 5.600 reos. Además del crítico hacinamiento, el 70% de las 19.000 personas privadas de libertad no tienen una sentencia ejecutoriada. Lo que nos obliga a señalar que existe un sistema judicial injusto, corrupto, negligente y retardado que engrosa la dramática situación.

El casi centenar de cárceles de Bolivia, pequeñas, medianas y grandes, son centros de profesionalización del delito. Una especie de posgrado de la ilegalidad en todas sus formas. Lejos de recomponerse o de buscar una mejor adaptación social, quienes tienen la desgracia de ingresar a estos centros, perfeccionan las artimañas del delito. Es que, dentro de esos claustros, por así llamarlos, la realidad supera toda ficción. La corrupción, el dejar hacer y dejar pasar no solo está adentro. Bien cuidados están los ojos de quienes guardan ese horizonte horrible de fechorías y no hacen ni dicen nada. La complicidad es mucha, como el dinero que circula, no menos que la vergüenza y un pedazo de gran poder.

Qué debiéramos hacer con Palmasola, con Mocoví, con Chonchocoro, etc., etc., mucho, pero menos la vista gorda. Si las cárceles son nuestra vergüenza, seguiremos agachando la cabeza hasta que las autoridades pertinentes no se arremanguen de verdad y tomen por fin las decisiones que todos sabemos que hay que tomar.