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8 de abril de 2018, 4:00 AM
8 de abril de 2018, 4:00 AM

Lo injusto no cuenta solamente para aquellos que reciben menos de lo que merecen, sino también para aquellos a quienes se les atribuye más de lo debido. Esta arbitrariedad de la (in)justicia en el campo de las letras, puede ser advertida en la Antología del cuento boliviano (Biblioteca del Bicentenario de Bolivia, La Paz, 2016), compilada por Manuel Vargas Severiche. En esta publicitada antología abunda una selección de pésimos relatos en donde se olvidaron –premeditadamente o por desconocimiento– cuentos y cuentistas importantes. Entre los autores ninguneados por el antologador están algunos que solo escribieron y publicaron libros de cuentos de gran valía que no figuran en esta compilación; como los cuentistas Gastón Suárez, Alberto Portugal, Alfredo Medrano, entre otros. Y no sé qué pito toca en esta antología el pintor Juan Conitzer Bedregal, con un pésimo amago de cuento llamado Venus.         

Entre los antologados, seguramente muchos muertos se revuelcan en sus tumbas por el cuento escogido, como por ejemplo: El ponguito de Curawara de Néstor Taboada Terán o La Chingola de René Bascopé Aspiazu. En muchos casos, el cuento seleccionado no es de los mejores que el autor haya publicado. Otros autores deben estar más que felices porque eligieron lo mejor que han podido producir en este género literario: Crónica secreta de la Guerra del Pacífico, de Germán Araúz, o Dochera, de Edmundo Paz Soldán. Por otro lado, puede que los editores hayan exigido que la antología fuera políticamente correcta, es decir, sin groserías ni confrontaciones eróticas, lo cual hace que se pierda valiosos cuentos del  copioso acervo literario llegando a disipar el objetivo inmediato y fundamental de dicha compilación que no deja hablar lo más larga y sinceramente posible a los autores excluidos o censurados.

Otro aspecto llamativo de esta antología es la conformidad de los miembros del comité asesor, que al inicio se mostraron neutrales, cuya “labor fue la culminación de un largo trabajo de intercambio de información y puntos de vista (…) en los que se sugirieron criterios de inclusión y exclusión de autores y textos a partir de una propuesta inicial del antologador”, indica el acta de selección de textos de la antología.

Pero este profesionalismo se diluyó cuando el comité asesor sugirió su propio cuento, y por supuesto, el relato presentado fue aprobado para su publicación. Pasando por alto esta pequeña salvedad ética, el proyecto de la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia se publicitó con mucha pomposidad, pero en los hechos esta Antología del cuento boliviano demuestra un trabajo poco cuidadoso al encontrarse terribles y claros errores de datos relativos a los autores y libros citados por el antologista. 

Esto se puede advertir al inicio del libro, uno puede percatarse de los primeros traspiés de esta selección de relatos. En el índice se repite pesadamente la palabra “por…”, “por…”, “por…”, después de mencionar cada uno de los cuentos y posteriormente al cuentista. Cabe preguntar a los señores que figuran bajo el cargo de “cuidado de edición” y “gestión editorial”: ¿Cuál es la necesidad imperiosa de repetir tanto esta palabra? Esto solo provoca un mal gusto para el lector.

Con estos detalles señalados, este libro tiene un gran mérito; nos enseña a no confiar en las antologías, aunque tengan una lujosa presentación (tapa dura y blanda) e ilustraciones inmejorables de Alejandro Salazar (Al-Azar). 

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