26 de diciembre de 2022, 4:02 AM
26 de diciembre de 2022, 4:02 AM

El domingo pasado la euforia se desató en el país vecino luego de que su selección ganó la Copa Mundial 2022. Y el reciente martes millones de personas en Buenos aires celebraron la llegada de sus héroes en un recibimiento caótico.

En lo personal fui testigo incidental de la celebración previa en la capital argentina el martes 13 cuando el equipo rioplatense ganó a Croacia y desató una celebración que una epifanía de la más reciente.

Pero no fue la única ocasión. Cuando fui adolescente y viví por motivos familiares dos años en Salta, celebré con entusiasmo la copa mundial de 1986, donde brilló el liderazgo de Diego Maradona.

En lo profesional, debo mencionar que una similitud importante entre la segunda y tercera copa ha sido la inestabilidad macroeconómica en el país hermano. En el mes del mundial de 1986 la inflación en 12 meses fue de 50%, mientras que en el mes de noviembre de este año fue 92%.

Estos datos muestran que la situación actual es más delicada. Lo propio sucede con el tipo de cambio que también ha tenido dos cotizaciones: la oficial y la paralela. Tanto en los ochenta como actualmente, la diferencia porcentual entre el tipo de cambio oficial y paralelo es de más de 40% respecto al segundo.

En ambos casos la victorial a nivel mundial en el deporte de masas ha sido un paliativo para olvidar temporalmente la mala situación económica. Un logro que, además de merecido por la calidad futbolística, alivia la angustia de un pueblo que ha soportado constantes periodos de crisis.

Pero, la declinación argentina no es reciente.

En principio fue impactada por los efectos del proteccionismo a nivel mundial después de la Gran Depresión de 1929. Los principales mercados de exportación de Argentina se “cerraron” y el país vecino vio en su mercado interno su única opción para enfrentar el momento.

La continuidad de esas políticas proteccionistas y populistas en Argentina, con regulaciones excesivas e inadecuadas y con un énfasis desproporcionado en la sustitución de importaciones, resultaron en la pérdida paulatina de productividad respecto a sus pares.

Fue el mejor caldo de cultivo para que gobiernos de diversas tendencias promuevan políticas incorrectas, pero de fácil aplauso, y surjan dictaduras donde se violaron los derechos humanos.

Los resultados: hace 125 años Argentina tenía un nivel de ingreso por habitante similar al de varios países europeos; mientras que hoy su gloria más relevante es el fútbol.

Buenos Aires es, por decir lo menos, una majestuosa ciudad. La grandeza de sus edificaciones y de sus espacios públicos devela ese pasado de esplendor y mucha riqueza.

Pero, como lo dijo el historiador económico Alan Taylor en 1992 “La satisfacción de vivir en uno de los países más ricos del mundo hoy no es más que un lejano recuerdo para los argentinos.”

Por eso, mi visita a Argentina me trajo sentimientos encontrados. Así como recordé la celebración de 1986, también rememoré los desequilibrios que implica la inflación y un mercado de cambios paralelo: un billete de USD100 es equivalente a 31 billetes de mil pesos, que es el corte más alto que tiene el país. Y pude conversar con diversos ciudadanos que me expresaron su desazón por la situación económica actual.

Argentina merece más que una copa. Requiere políticos correctos con buenas políticas, más allá de sus legítimas diferencias ideológicas. La copa brindó más que alegría a 47 millones de habitantes: trajo esperanza en mejores días y el convencimiento de que la unidad y la buena conducción pueden generar proezas.

Parafraseando a varios medios internacionales, la selección de los Lionel (Scaloni, el director técnico y Messi, su mejor jugador) dio una importante lección de liderazgo, que ojalá sea extrapolado en otros campos, en especial el económico.

En el caso boliviano, emulemos las claves de su grandeza futbolística y evitemos incurrir en políticas inapropiadas que al final de cuentas afectan más a los más vulnerables.