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Hay una delgada línea por la que estamos atravesando los bolivianos. En lo formal, están disminuyendo los contagios, especialmente en Santa Cruz, pero en lo real no hay datos certeros que permitan cantar victoria.

En el departamento cruceño se sabe que ya se ha entrado en una meseta de contagios; es decir, un ritmo sostenido de casos confirmados por laboratorio, pero nada que permita bajar la guardia frente al coronavirus. Lo que no se sabe es cuándo se produjo el pico, porque ni Santa Cruz ni Bolivia tuvieron los reactivos suficientes como para que el testeo permita contar con información científica oportuna.

De haber tenido un promedio de 3.000 pruebas pendientes en los laboratorios habilitados para ese efecto, con demoras de más de dos semanas de espera para la entrega de resultados, ahora hay una media de 700 muestras que se procesan a diario. Lo que no se sabe es si esta disminución es porque la gente se cansó de esperar y prefiere tomarse una prueba rápida o tratar los síntomas que le aparecen como Covid-19 en su propia casa, o porque hay menos pacientes sospechosos.

Y decimos que es una línea muy delgada, porque la cuarentena se va flexibilizando cada día más. Ya funcionan los gimnasios, restaurantes, centros comerciales, mercados y pronto, lugares como el zoológico municipal o el jardín botánico. Desde el 14 también se permitirán los eventos masivos (previa aprobación del municipio). 

Eso significa que la mayor responsabilidad recae en el ciudadano y, ante los datos insuficientes de la realidad, puede generarse una ilusión colectiva que cause el descuido personal y familiar, lo que irremediablemente llevará a una segunda ola de contagios con funestas consecuencias.

Pero a la hora de hacer los balances, es inquietante que cinco meses después de llegada la pandemia a Bolivia, el Gobierno no haya conseguido reactivos e insumos suficientes para que el número de pruebas sea sostenido y no deje en blanco el estudio de casos en el país. 

Los materiales para la toma de muestras escasearon y nadie dio explicaciones. Apenas se sabe de los problemas y dudas que se generan en las compras porque surgen denuncias de sobreprecios que el Gobierno intenta explicar, pero falta transparencia con respecto al manejo de la pandemia en el Ministerio de Salud.

Lo mismo ocurre con los respiradores. Hubo muchas promesas de compra y ya se sabe que, por ejemplo, a Santa Cruz, solo llegaron 62 aparatos de los más de 100 que fueron asegurados desde el Estado central. 

Los que fueron donados por EEUU no se terminan de distribuir ni se sabe cuántos serán asignados a cada región.

El golpe del coronavirus ha sido el más duro que han soportado los bolivianos en las últimas décadas. Y después de vivir tanta incertidumbre política, no es justo que también se favorezca la zozobra colectiva por esta pandemia que no se ha marchado aún.

Que no se engañen las autoridades pensando que al comenzar la campaña electoral desaparecerá la preocupación por la salud colectiva, más si una segunda ola está a la vuelta de la esquina y puede volver a colapsar los hospitales y centros médicos. Si bien es cierto que, de emergencia, hubo un equipamiento acelerado, lo que hay dista mucho de ser lo ideal.

Es urgente que la gestión de Gobierno sea respetada como tal, que no se pretenda usar la emergencia para hacer campaña, ya que la línea es tan delgada que lo que hoy pudiera ser visto como ventaja, mañana puede convertirse en un problema irresoluble con consecuencias irreversibles.