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30 de septiembre de 2018, 4:00 AM
30 de septiembre de 2018, 4:00 AM

Lo del médico Jhiery Fernández no es algo excepcional y, por supuesto, no es casual ni esporádico. Así nomás andamos. La democracia periclita y el Estado de Derecho se hace añicos. El doctor en cuestión es solo un transeúnte más de los muchos que corren el riesgo de recibir alguna teja, polvo o chimenea de este constructo boliviano de más de 30 años que empieza a desmoronarse. No es tiempo ya de negar esta debacle o mantener actitudes oportunistas que solo delatan la inminente continuidad del descalabro. Y es esta negación indeclinable la que amerita mi reflexión de la semana. Comienzo teatralmente con la firme intención de preguntarles, mis estimados lectores, cómo se llama la obra.

Acto 1: un periodista le recuerda al ministro de justicia que no está haciendo su trabajo eficientemente pues en su cabeza está el asunto de la rerere-elección de su jefe y nada más. Este periodista le enrostra casos de injusticia política y le echa una yapa mortífera nada más y nada menos que el 19 de abril de 2018, vale decir, hace ya casi medio año. Veamos: “Hace poco el médico Jhiery Fernández fue sentenciado a 20 años de cárcel por haber supuestamente violado y, a causa de ello, provocado la muerte del bebé Alexander. Policías que analizaron el caso dijeron que las pesquisas se habían realizado erradamente y que no se podía asegurar que el médico hubiera cometido el crimen. La jueza Patricia Pacajes reconoció que se dictó la sentencia sin que se hubieran analizado “pruebas científicas”. Las muestras de antígeno prostático que se hallaron en el cuerpo del bebé no correspondían a las de Fernández y la sangre encontrada no era la de él.

¿Qué ha hecho en este caso el ministro encargado del área? Enfatizar la injusticia. No pidió que las audiencias fueran públicas, por ejemplo, ni buscó asegurarse de que el acusado fuera juzgado en base a pruebas, como aprenden los estudiantes de derecho que debería ser…”

Esta cita deja en claro que el mentado ministro sabía del asunto aunque jamás se interesó en el tema. Pero vayamos al segundo acto.

Acto 2: el ministro en cuestión no solo no toma cartas en el asunto sino que se descontrola y empieza a agredir verbalmente al mentado periodista en una reflexión publicada el 24 de ese mismo mes en EL DEBER en una columna titulada “Cuando la mentira es un oficio”. Veamos: “¿Puede alguien imaginarse vivir de la mentira? (…)”, este artículo pone de manifiesto los nuevos roles de aprendiz de jurista, juez omnisapiente y cortesano de la discordia que ha decidido juzgar a este comunicador. En su rol de aprendiz de jurista, intenta interpretar las atribuciones del cargo de ministro de Justicia afirmando que en lugar de generar políticas de acceso a la justicia y defensa de los derechos fundamentales, nuestra supuesta función sería buscar “la perpetuación en el Gobierno y para ello tiene que violar, forzar y eludir lo establecido por la Constitución, las leyes y los acuerdos internacionales”. Afirmación claramente política, que ni los más experimentados juristas opositores han podido defender. Siendo aún más cuestionable que a causa de la pulsión mitómana y sesgo político de este señor no desee mirar nuestra agenda diaria de trabajo. Nuestras políticas en defensa de la niñez y de la mujer. Nuestras acciones concretas contra la manifiesta injusticia de muchos casos judiciales como el de Reynaldo Rodríguez Vale en Santa Cruz, nuestros pasos firmes hacia la implementación seria de la meritocracia como sello distintivo de la función notarial y judicial, políticas que han sido ampliamente reconocidas incluso por organismos internacionales.”

Qué tal lindo. Además de despacharse en ofensas, concluye bandereando los éxitos del gobierno en…¡¡justicia!! El señor habla de “nuestros pasos firmes…”. ¿Río o lloro?

Acto 3: el mismo ministro incapaz de la menor autocrítica hace algunos meses se mandó esta lindura hoy 25 de septiembre: “Ayer solicitamos una investigación inmediata por la gravedad de los hechos. Sería conveniente que el Consejo de la Magistratura suspenda a la jueza Pacajes entre tanto se lleva la investigación. Esto en respeto a la sociedad que justamente está conmocionada por el hecho”.

¿Qué tal? “Por respeto a la sociedad que está conmocionada”, nos dice. Qué sensible. Solo que su sensibilidad se retrasó un poco.

En fin. ¿Cómo se llama la obra? No hay dudas. “Héctor Arce y la destrucción de la Justicia”. El periodista insultado, Raúl Peñaranda, acabó teniendo la razón y el ministro en cuestión quiere hoy lavarse las manos. ¿Es eso lo peor? No, lo peor es que el ministro de marras sigue a la cabeza. Ya nos regaló la trucha elección de jueces, la fallida Cumbre por la Justicia y ahora último Quiborax. Suma y sigue. Pagamos los bolivianos.

¿Hasta cuándo?

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