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El 22 de marzo fue el Día Mundial del Agua y supimos que, de acuerdo a proyecciones por expertos, en 2030 la mitad de la población mundial no tendrá acceso al agua. El sábado 27 se celebró la Hora del Planeta y millones de personas de al menos 200 países bajaron sus interruptores, apagaron luces y añoraron entre todos por el cambio climático. La Hora del Planeta surgió en Sídney hace 14 años como gesto simbólico de profundo contenido para tomar conciencia que, de seguir así, el futuro inmediato que nos espera no es promisorio.

Este movimiento apagó las luces de las capitales más emblemáticas del mundo. La toma de conciencia es cosa seria. Claro que una hora no alcanza, ni un año continuo, estimamos que debiera ser desde ahora y para siempre.
Este 2021 el tema es la relación entre la naturaleza y el aumento de enfermedades. Una situación límite como la que estamos sufriendo con la pandemia de coronavirus, la falta de agua y de alimentos es suficiente para conmovernos y repensar que este no es el camino correcto.

El 26 de marzo también fue el Día Mundial del Clima. Recordaciones no nos faltan y acciones en desmedro de nuestro hábitat nos sobran.

En honor al planeta en que vivimos y a quienes lo habitamos es urgente tomar conciencia de pequeñas acciones y adoptar medidas sencillas, pero no menos importantes, como el uso moderado del agua, evitar el consumo de plásticos y pinturas tóxicas y cuidar las áreas verdes que proveen de oxígeno. En todo ello hay políticas que no solo son recordadas por medioambientalista, sino por todos los terrícolas, ya que planeta hay uno solo. Así como Bolivia hay una sola y debemos estar “ojo al charque” de la contaminación del aire, las aguas, los ríos y los lagos y de la invasión y destrucción de bosques y áreas verdes como estamos viendo, escuchando y sufriendo, sobre todo las denuncias permanentes de los pueblos indígenas del Oriente boliviano.

Los reclamos permanentes de avasallamiento, amedrentamiento y abusos de territorios indígenas y de áreas protegidas son ensordecedores, sin embargo, este atentado múltiple parece no llegar a quienes corresponden frenar el ecocidio.

Mientras se sigan vulnerando bosques, áreas verdes y parques patrimoniales de la humanidad, la Tierra, la Pachamama, seguirá sangrando y pasándonos la factura.

Los traficantes de tierras, el narcotráfico y las industrias que lucran solapadas por poderes económicos y políticos no pueden ni deben seguir manejando a su antojo el patrimonio de todos.

Debemos reiterarlo, de no comprender la situación de emergencia que vivimos y de negar un cambio radical al respecto, nos aguarda un destino desolador.
Este 2021, mientras en no pocos países se decide quién vive y quién muere por la falta de recursos sanitarios, las potencias se reunirán para la protección del planeta. ¿Seremos capaces de transformar la relación que tenemos como sociedad con la biodiversidad o solo quedará en discursos bonitos? La armonía con la naturaleza no se logra con palabras sino con hechos. Los poderes oscuros deberán ser desenmascarados de una vez por todas.

No hay muchos modelos para elegir entre la destrucción sistemática y sus consecuencias y la vida en equilibrio con el medioambiente, la biodiversidad y la protección de nuestro entorno.

Es la hora de convivir sanamente entre el hombre y la naturaleza, pero empecemos por casa.

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