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12 de noviembre de 2017, 4:00 AM
12 de noviembre de 2017, 4:00 AM
Cuando un vecino le comentó a su hijo que un ciego de nacimiento era incapaz de imaginar, aquel se puso a llorar desconsoladamente.  No podía dar crédito a tan agorero presagio. El poder de la imaginación es tan enorme, tan revelador y poderoso, que solo pensar que nos puede faltar nos precipita a un atolladero sin salida.

¿Qué imaginamos? Imaginamos hechos, cosas que pueden pasar o que pasaron y las delineamos distintas a como fueron, imaginamos historias, imágenes, que de allí se cifra el nombre, que no existen en la realidad, o que sí existen o existieron pero ahora no están, no son. Imaginamos para crear, para salir de una realidad  que nos agobia, para vivir, aunque sea por un rato, en un mundo diferente al hostil que nos cobija. Caminamos en la cuerda floja: un paso en falso y caemos al abismo.

La imaginación permite representar algo real o irreal en la mente. “Los niños enriquecen la imaginación con juegos educativos apropiados” decía mi viejo maestro Benedicto Durán, a tiempo de elogiar esta facultad natural de crear, generar y producir proyectos tangibles de gran envergadura.

Porque, en el fondo la imaginación es un monstruo que nos domina, pero al que debemos dominar. ¿Es fantasía? En parte. Leonardo de Vinci y Julio Verne imaginaron alguna vez llegar a la Luna, o captar imágenes en un sitio y transportarlas en el instante a otra. Y ahí tienen ustedes la imaginación hecha realidad. Imaginamos personajes de novela que de pronto cobran vida propia, como le pasó a un famoso escritor, que por haberse enamorado del personaje principal, no permitía su muerte prematura en los primeros capítulos. 

La imaginación vuela, o la dejamos volar. Nos ayuda a soñar en las noches o despiertos en el día. Es, tal vez, quien mejor conoce nuestro mundo interior, ese que ni siquiera nosotros conocemos a fondo. Es entre sus alas, las de la imaginación, donde nos mostramos tal cual somos. Qué hubiera sido de Moisés si no hubiera imaginado la grandeza de Dios frente a la miseria humana. Su portentosa fe se hubiera quebrado una y otra vez.

¿Cómo sería no poder imaginar?

 
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