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Faltando 15 minutos para las 11 de la mañana de un domingo soleado y apacible en la ciudad sede de Gobierno, Luis Arce Catacora tenía el rostro iluminado y un destello de emoción en los ojos. Fue cuando juró con la mano derecha colocada a la altura de su corazón como nuevo presidente del Estado Plurinacional de Bolivia.

El vicepresidente del Estado, David Choquehuanca, catalogado como pilar fundamental y figura imprescindible del masismo, se encargó de ministrar la posesión a Arce Catacora. Poco antes, él había sido juramentado como presidente nato del Parlamento, cargo desde el que se considera puede asumir un papel de articulador y/o mediador con la oposición y otros sectores no afines al MAS para reducir gradualmente la elevada polarización, la confrontación y las tensiones que desde hace largo tiempo tienen alterada la paz y la tranquilidad social en el país.

Al hacer uso de la palabra, Choquehuanca habló de la ‘complementariedad de los opuestos’, de superar la división y el odio para construir relaciones libres, armónicas y equilibradas entre los bolivianos. “Unidos valemos más”, exclamó a tiempo de anunciar “no más abuso de poder, no más persecución a la libertad de expresión, no más judicialización de la política, no más impunidad” y referirse enfáticamente a la necesidad de implementar una justicia “verdaderamente independiente”.

En alocución pausada y conciliadora, el ‘vice’ indígena proclamó el advenimiento de un nuevo tiempo en el que deben ‘sanar las heridas’ para construir hermandad, armonía e integración “para alcanzar el vivir bien y gobernarnos nosotros mismos”.

Luciendo la banda y la medalla presidencial, el nuevo mandatario -de previsible manera- se refirió con dureza al Gobierno de transición ‘ilegal e ilegítimo’ que encabezó Jeanine Áñez durante once meses como producto de un ‘golpe de Estado’ en noviembre de 2019, tras las elecciones generales anuladas poco antes por denuncias de fraude que derivaron en la renuncia y precipitada salida del caudillo cocalero Evo Morales, a quien, dicho sea de paso, no mencionaron ni referencialmente al menos Choquehuanca ni Arce en sus intervenciones. A pedido del presidente se guardó un minuto de silencio por las víctimas de Sacaba, Senkata y otras partes del país donde se produjeron enfrentamientos a finales de 2019 y que atribuyó a una violenta represión y persecución instrumentada por el régimen ‘golpista’.

En su discurso, que tuvo una duración aproximada de 30 minutos, el primer mandatario cambió el tono y, en coincidencia con Choquehuanca, se tornó más conciliador y menos agresivo al manifestar que no será el odio, el resentimiento ni el afán de revancha que impulsen sus actos. Que el suyo será un gobierno ‘de todos y para todos’ sin discriminación alguna y reduciendo las desigualdades.

También se comprometió a rectificar lo que ‘estuvo mal’, pero a profundizar lo que ‘estuvo bien’ en la dilatada anterior gestión masista cuando Arce Catacora se desempeñó como ministro de Economía en un periodo en el que, no dejó de resaltarlo, Bolivia alcanzó estabilidad y los mejores niveles de crecimiento de la región.

Con grandes y complejos desafíos económicos y sociales por delante, y por si fuera poco con la amenaza de un rebrote del Covid-19, se estrena el nuevo Gobierno de Arce Catacora-Choquehuanca.

Con ambos finalmente empoderados en el inicio de un nuevo y crucial ciclo para Bolivia y que auguramos sea mejor en todo sentido, con aires y propósitos renovados, en paz y reconciliado consigo mismo, un pueblo tenaz, sacrificado y luchador como el boliviano, es capaz de sobreponerse a la adversidad. De reforzar su esperanza y encarar el futuro con optimismo.