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6 de noviembre de 2018, 4:00 AM
6 de noviembre de 2018, 4:00 AM

Notarán que, desde la presidencia de Lidia Gueiler en 1979, ninguna mujer se sienta en las sillas de los dos más altos cargos del Estado. Por supuesto que la señora Gueiler asumió el cargo de forma interina y como consecuencia del interregno hacia la democracia en Bolivia. Un año antes, la dirigente minera Domitila Chungara postuló como candidata a la Vicepresidencia. En 1978 se abrió paso a la participación política de las mujeres, con Domitila a la cabeza del FRI.

Sin duda, estos antecedentes marcaron el rumbo de la historia democrática de Bolivia. A pesar de aquello, en la nefasta etapa neoliberal no existió ni el intento de participación de mujeres para estos altos cargos. En los últimos años, la participación política de las mujeres se extendió sustancialmente. Sin embargo, dentro del MAS son claras las muestras de obstrucción a la posibilidad de considerar mujeres para las candidaturas a la Presidencia o la Vicepresidencia del Estado.

No es novedad en el debate público que la sociedad boliviana demanda renovación política a gritos. En este contexto, no es posible entenderla solo como el cambio de rostros en la participación política: jóvenes y mujeres pero que reproducen lógicas de exclusión propias de siglos pasados.

Tenemos que entender la renovación política como una metamorfosis cualitativa. Lo que tiene que ver con transfigurar las formas de hacer política en Bolivia: mayor grado de horizontalidad en las decisiones políticas y alto nivel de transparencia en las políticas públicas, acompañados de una batería de valores, intangibles pero fundamentales para la convivencia democrática.

Los colectivos ciudadanos, que emergieron por el 21-F, tienen el deber histórico de configurarse como un movimiento orgánico, con capacidad de trascender en el tiempo, y no encuentro mejor referencia en la historia reciente que el movimiento por el Tipnis.

Este conflicto no solo representó el mayor golpe en la gestión del MAS –en términos de debilitamiento hegemónico–, sino que cohesionó a la sociedad y conformó un movimiento entretejido entre lo urbano y lo rural, de tal magnitud, que marcó un antes y un después en la historia de Bolivia. Por lo que, ahora mismo, el Tipnis tiene plena vigencia.

Renovación política también es introducir en las decisiones políticas la problemática ambiental, entendida como la mayor inquietud de los hijos de la democracia: todos aquellos que nacimos después de la recuperación de la democracia en 1982. Pero renovación es, asimismo, la participación política de las mujeres reflejada en la demanda que tiene ahora mismo la sociedad, de contar con una mujer en los altos cargos del Estado.

Entre algunos activistas y colectivos analizamos el perfil ideal de la mujer que diera continuidad a las luchas históricas acumuladas. Un distintivo que resaltó es que debiera tener origen indígena. Otra característica relevante es que tuviera que ser una mujer corajuda, con una historia de lucha contra el poder organizado, en defensa de la naturaleza. Una última especificidad fue que debiera ser una mujer joven, alejada de las prácticas políticas tradicionales.

Entre los perfiles más destacados estuvo el de Bertha Bejarano, a quien me permito dar a conocer brevemente: Bertha Bejarano es una dirigente indígena moxeña, de limpia trayectoria de lucha, que encabezó la última Marcha Indígena por la defensa del Tipnis en 2012 y que generó incomodidades a los corruptos cuando hacía parte del directorio del Fondioc. Creemos que la imagen de Domitila Chungara puede repetirse 40 años después. Bertha es nuestra candidata ideal porque encarna las luchas recientes del pueblo boliviano y porque nos permite gritar: ¡Todos somos Bertha!

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