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OPINIÓN

Una nación desnuda

Renzo Abruzzese 2/6/2020 03:00

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Desde hace muchísimo tiempo los bolivianos sabíamos que habitábamos un país pobre, de súbito, sin embargo, frente a las ollas comunes que inundaron los cinturones de pobreza en las grandes ciudades, el país sintió que aquello de ser un país pobre no era una mera expresión; tenía millones de nombres y apellidos que sobrevivían bajo el difuso calificativo de “informales”. 

La epidemia no solo desnudó la ineptitud corrupta de catorce años de despilfarro y corrupción, desnudó todos los discursos triunfalistas que la jerga política suele construir.

El 2 de agosto del 2019, en una concentración política el entonces presidente Evo Morales sostenía que, de seguir el Proceso de Cambio, estaba “segurísimo” que “en unos 15 a 20 años, Bolivia, (llegaría ser) una potencia económica en la región y posiblemente del mundo”. 

La realidad que desnudó la epidemia es que estábamos tan lejos de eso, como Morales de ser un hombre honesto y confiable. De los grandilocuentes discursos de Morales o García Linera y sus acólitos, solo quedaron las vetustas villas citadinas ahogadas en una miseria indescriptible que la pandemia arrojó a las calles a pedir limosna. Eso resume el “Proceso de Cambio”.

En las ciudades, epicentros de un espíritu modernista y “progresista” que por años hizo gala de un exitismo engañoso, lo único que ahora vemos es la magnitud de las diferencias. Esa aureola de bienestar y progreso que algunas de ellas enarbolaban con bombos y platillos, se hizo trizas cuando los pobres suplicaban un plato de comida en medio de su infinita pobreza. La epidemia ha borrado de un plumazo las mentiras piadosas que estábamos acostumbrados a creer.

Se nos ha dicho, y es de alguna manera cierto, que el mundo será diferente después del coronavirus. Así será, no solo en cuanto a nuestro relacionamiento cotidiano y personal, sino, también, en relación con la imagen que nos habíamos forjado del país y los líderes que nos cobijan. De ahora en adelante los triunfalismos políticos, las argucias ideológicas, los credos prometedores y los grandilocuentes discursos de un exitismo circunscrito a los “barrios bien”, no serán más que patrañas al mejor estilo masista. Ahora todos tendrán que someterse a la dura prueba de la verdad, al punto que, mientras no se pruebe lo contrario, todos serán impostores y mentirosos.

La epidemia ha desnudado el país como nada lo había hecho antes. Nos ha mostrado los verdaderos límites de la política y la contundencia desesperada de una nación sumida en la pobreza. La fragilidad de los discursos, la ineptitud de sus caudillos y la miseria moral en que nos movemos. 

Ese espejismo de nación que se había propuesto imponer el dictador Morales, el prudente silencio de los mas cautos, el criminal accionar de los cegados por la impronta de un populismo extraviado y criminal (como el de los chapareños), o la utilización interesada del miedo y la incertidumbre que va poniéndose de moda, ya están bajo el escrutinio ciudadano. 

Si pensamos en todo esto es evidente que nada será igual. Cuando de acá a unos años miremos estos dramáticos días con más serenidad y menos temor, seguramente nuestros juicios sobre la historia y sus protagonistas será más justa, pero, sobre todo, más implacable.