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El presidente Luis Arce dejó plantados a los gobernadores a quienes convocó a La Paz a la XI sesión del Consejo Nacional de Autonomías, para irse a La Habana a participar en una cumbre de la denominada Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA). Allí volvió a pedir disculpas a Cuba por los supuestos “abusos” de la presidenta transitoria Jeanine Áñez.

Hace seis meses, durante una anterior reunión de ese mismo grupo en Caracas, Arce pidió disculpas a Cuba y Venezuela “por los atropellos y vulneraciones” que supuestamente sufrieron las delegaciones diplomáticas de esos países durante el gobierno de transición.

Esta vez fue más efusivo y a nombre del pueblo boliviano y de su Gobierno, en La Habana Arce pidió “perdón” a Cuba y a sus profesionales de la salud “por los abusos y múltiples formas de agresión que padecieron en noviembre de 2019”.

Aparte de la falta de creatividad o de discurso que demuestra la repetición del mismo concepto seis meses después, el pedido de disculpas de Arce ante otra nación resulta inoportuna y parece connotar una especie de sometimiento a la isla que dirige las estrategias políticas de los gobiernos que conforman su grupo de aliados, entre los que están Bolivia, Venezuela y Nicaragua.

¿Por qué tiene Bolivia que pedir perdón a Cuba, cuyo gobierno exporta a nuestro país su larga experiencia para eternizar un régimen en el poder como lo hacen ellos desde 1959 que no sueltan las riendas de un país que en 62 años de dictadura se empobreció al extremo de no tener jaboncillos para la higiene y que eliminó las libertades ciudadanas?

Los médicos cubanos en Bolivia, muchos de los cuales no tenían tales títulos, pero lo ejercían de todas maneras, no prestaban servicios gratuitos ni solidarios en nuestro país. Se les pagaba, y lo peor es que ni siquiera ellos en persona recibían los sueldos, sino que el gobierno de Evo Morales le pagaba directamente al gobierno cubano por aquellos servicios.

Hay que recordar que en 2019 el gobierno de Brasil decidió prescindir del trabajo de 8.332 médicos cubanos que el presidente Jair Bolsonaro criticó porque trabajaban en condiciones análogas a la esclavitud “para sustentar la dictadura cubana”, precisamente porque eran obligados a dejar a sus familias en Cuba para laburar en Sudamérica sin recibir sueldos. El dinero por su trabajo era transferido directamente al régimen cubano.

Lo mismo ocurrió en Bolivia durante el gobierno de Morales. Para nadie es desconocido que la frágil economía cubana se sustenta con ingresos que percibe de sus pocos aliados de la región, adonde manda médicos y presta dudosos servicios políticos.

En Bolivia existen profesionales de la salud calificados y miles de otros recién titulados que buscan una oportunidad en el mercado laboral. El Estado debe privilegiar a sus connacionales en esas tareas. Bolivia no es ni de lejos la Suiza prometida por Morales como para darse el lujo de contratar profesionales de otros países teniendo a los propios.

Por esas razones no corresponde que el mandatario boliviano le pida perdón a Cuba, y mucho menos hacerlo a nombre del pueblo de Bolivia a quién él no consultó su opinión.

En Bolivia tampoco sobran los alimentos ni las medicinas; hay enormes grupos humanos que viven en la más absoluta pobreza que jamás reciben del Estado generosas donaciones como las que llevó a Cuba el presidente Luis Arce en un avión Hércules que transportaba nada menos que 15 toneladas de alimentos y cinco toneladas de medicinas.

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