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29 de abril de 2018, 4:00 AM
29 de abril de 2018, 4:00 AM

La Cumbre de Presidentes en Lima fue el escenario de los últimos estertores de Unasur y del tiro de gracia para un modelo de integración ideologizada, sectaria y confrontacional. El socialismo bolivariano del siglo XXI configuró una integración motivada por la doctrina socialista chavista (estatismo, populismo, caudillismo, desinstitucionalización y corrupción). El consenso fue el truco para el veto de facto en las decisiones de este organismo. El antiimperialismo fue su certificado de nacimiento, fue una propuesta para sustituir a la OEA, sin EEUU.

Junto a las discusiones sobre la gobernabilidad democrática y la lucha contra la corrupción, los asistentes promovieron una convocatoria unánime a Venezuela para que garantice unas elecciones libres, imparciales y transparentes. Bolivia se opuso, aislándose como el solitario defensor de la dictadura de Maduro y se ganó la antipatía democrática de los países asistentes.

Nuestro presidente sufrió la incomodidad de la crítica en la paralela Cumbre Social de los Pueblos Latinoamericanos. Varias delegaciones, entre ellas la boliviana del 21-F,   hicieron escuchar en las calles de Lima. Las agrupaciones ciudadanas de mujeres y jóvenes enrostraron al gobierno boliviano su impostura democrática, irrespeto al veredicto popular del 21-F y el ilegal fallo del Tribunal Constitucional, desahuciado por el Informe Final de la Comisión de Venecia.

El gobierno boliviano, en Lima, tuvo una estrategia y tácticas equivocadas. Se olvidó de la integración regional y trató de usarlo como plataforma de la disputa ideológica entre el capitalismo y el socialismo. Quiso vengar el bombardeo de EEUU a Siria y las tragedias de Lula (Brasil) y Correa (Ecuador). Unasur estaba inactivo y hace más de año y medio sin secretario general por la oposición de Bolivia y Venezuela al postulante argentino. La Alba en su agonía, bajo la conducción del “exilio dorado” del ex canciller boliviano. La Celac, marginalizada,  fuera de la agenda regional de integración.

El gobierno boliviano, en Lima, no se animó a plantear su tan cacareada lucha contra la corrupción ni su lema de investigar denuncias caiga quien caiga. ¿No era una hermosa tribuna para proclamar que su gobierno era el campeón de la lucha contra la corrupción? En cambio, Bolivia usó la tribuna de Lima para su ajuste de cuentas con Luis Almagro, el informe final de la Comisión de Venecia y su desesperación por subrayar su desteñida imagen indígena.

¿Cuáles fueron los resultados? En primer lugar, cayó muy mal la ofensa de sabotaje a la unánime exigencia de la convocatoria a elecciones democráticas en Venezuela y, más antes, el veto de facto al postulante argentino a la Secretaría General. 

Bolivia quedó aislada en su solitaria solidaridad con Maduro, al igual que Unasur, con el retiro indefinido de Argentina, Brasil, Colombia, Chile, Perú y Paraguay, la suspensión de sus aportes y la disconformidad con la conducción boliviana. A pesar de ello, el presidente boliviano insistió: “una cosa es la opinión de gobiernos, otra, la de sus pueblos”. ¿Así se refuerza amistades de Bolivia para la fase posterior a La Haya?
La verdadera integración es necesaria pero no a través del voluntarismo de la “ciudadanía universal” cuando en los diez años anteriores no se concretó el pasaporte sudamericano, el Banco del Sur ni la moneda Sucre. La integración es importante pero no ideologizada, politizada y confrontacional como quieren Bolivia y Venezuela. 

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