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Sí, realizando un ejercicio -reconozco poco práctico pero, eventualmente esclarecedor- uno se pregunta ¿cómo serían hoy las cosas si, la noche del 5 de noviembre de 2019, cuando el entonces presidente del Comité pro Santa Cruz llegó a La Paz trayendo una carta de solicitud de renuncia de Morales Ayma, este último, en vez de ser representado por un rabioso grupo que fue a hostigarlo en el aeropuerto, hubiese ordenado que se lo reciba cordialmente, como la ley obliga a atender una petición ciudadana?

O, más fantasiosamente aun: ¿si el presidente en persona se tomaba la molestia de salir a su encuentro para recibir esa carta respaldada por miles y miles?

Existen pocas dudas de que, en esas circunstancias, hubiese crecido las posibilidades de un desenlace pacífico, sin los enormes costos, incluyendo vidas, que solventamos y continuamos pagando.

Una respuesta legal y pacífica del Gobierno, en vez del agresivo cerco y el acoso físico que sufrió el señor Camacho Parada, habría limitado drásticamente su crecimiento y proyección política, catapultadas por lo intrépido de su acción, especialmente cuando se la compara con la del señor Morales Ayma.

En estos días cuando, nuevamente, entusiastas seguidores del Gobierno repiten, ahora en Tarija, las agresiones contra el actual gobernador cruceño, es inevitable experimentar la sensación de que alguna conexión, seguramente inconsciente, empuja a los personajes a reiterar sus actitudes del pasado.

La extrañísima invocación del señor Morales a discutir sobre federalismo, cuando no existía mención alguna sobre la mesa en ese momento, impulsó como resorte a que el gobernador recuerde que su campaña esgrimió la consigna que, sin embargo, ni siquiera mereció en su discurso por el aniversario de la gesta libertaria cruceña, según los informes noticiosos de esa jornada.

Pero, en cuanto el jefe masista alude la palabra, salta al escenario para promover una cruzada federalista, como presunta llave de resolución de nuestros problemas. De manera idénticamente automática, los seguidores del Sr. Morales renuevan su repertorio de insultos para, a continuación, desplegar en la plaza y aeropuerto tarijeños, los actos de matonaje y censura que hace dos años precedieron y precipitaron la renuncia y fuga de su jefe.

De esta manera, un gobernador y alicaído como dirigente político, que sufrió antes del primer día de sesiones parlamentarias el desangramiento de tránsfugas de su bancada y que no hilvana, ni en su departamento y menos en el resto del país, propuestas para enfrentar la mediocridad e incapacidad gubernamental, es devuelto en un santiamén a su escenario favorito, donde puede derrochar la cualidad que lo encumbró del anonimato a la gloria: valor ante un enemigo despiadado y pertrechado con todo el poder estatal.

El beneficio que obtiene Morales Ayma con la creación del escenario que ha promovido es que, ante su completa falta de propuestas frente al hambre, desempleo, desfondamiento de los sistemas de educación, sanidad o justicia, consigue que su hueca y persistente campaña, desde el día 1 en que se posesionó este Gobierno, para convencernos que su retorno al trono presidencial y al uso de todos sus privilegios, es la ruta segura hacia un paraíso, que empezaría con una épica batalla contra el “separatismo”.

La facilidad con que los contendientes se han acomodado para montar un cuadrilátero, donde se exhiban como heroicos representantes de sus bandos, sugiere que, ante su mutua ineptitud para siquiera empezar a enfrentar el empobrecimiento e incertidumbre, optan por ensanchar el espectáculo de confrontación con que nos han obsequiado hasta ahora y que ha causado las últimas derrotas gubernamentales, por reclamos, principalmente, de su base social y electoral.

Mientras es relativamente fácil entender cómo y por qué enemigos políticos que, sin duda alguna, se detestan visceralmente, escogen dejar de lado la competencia por crecer compitiendo con propuestas y proyectos y prefieren escenificar una lucha básicamente distractiva, resulta más complicado entender la facilidad con que pueden arrastrar a otros actores, presuntamente autónomos, como medios de difusión masiva y otros, a respaldar el armado de un juego fraudulento que posterga y enreda el enfrentamiento de cuestiones clave de nuestra sobrevivencia y futuro.

Róger Cortez Hurtado es Politólogo


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