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20 de mayo de 2018, 4:00 AM
20 de mayo de 2018, 4:00 AM

La innovación disruptiva abarca un conjunto de planes y programas que pueden conducir a un proceso transformador sinérgico del viejo modelo educativo.

Probablemente la primera disrupción pedagógica ocurrió cuando Juan Bautista de La Salle (1651-1719), al reunir a niños de la calles en un aula, creó una nueva forma de educar a contrapelo del modelo impartido por varios profesores para un solo alumno, generalmente hijo de la nobleza. Con la ilustración, la primera revolución industrial y el advenimiento de los estados liberales, la universidad experimentaría su segunda mutación, impulsando el positivismo en las aulas y convirtiendo a la universidad en la cuna del conocimiento científico (Rüegg E., 2004). La tercera etapa de esta gran historia surge a mediados del siglo XX, cuando el régimen universitario define un arquetipo simplemente desarrollista. 

Desde el nacimiento del otrora círculo escolástico hasta el pasado mediato, quienes cabían dentro del aula eran solo docentes y alumnos. Hoy, mediante los Cursos Masivos Online Abiertos (MOOC) o el uso de cualquier otra plataforma educativa online, el mundo está inmerso en una gran aula virtual. Todo ello constituye la cuarta disrupción educativa, pues se lograron reformas paradigmáticas, rompiendo con la línea de pensamiento y de acción. Fue entonces cuando las cosas tomaron otro camino. 

Sin embargo, las nuevas herramientas pedagógicas no van a provocar el cambio per se. Ellas simplemente facilitarán el desarrollo de un nuevo modelo educativo que hoy venimos desarrollando y que tiene un enfoque por competencias, apoyado en tres pilares: el ‘saber’, el ‘saber hacer’ y el ‘saber ser’. Es decir, hablamos de un profesional de talento diverso y clase mundial dueño de conocimientos necesarios, que pueda usarlos de buena tinta con sus propias habilidades y destrezas para resolver asuntos que le toca enfrentar y, finalmente, ejercer una ciudadanía activa con valores éticos, morales y responsabilidad social, además de estar comprometido con el medio ambiente que lo rodea. 

Ya no se puede afirmar que los profesores saben más que los alumnos. La clave es que el docente comparte sus experiencias y el estudiante las puede deconstruir. Se debe partir de las clases magistrales a los debates y trabajos colectivos, promoviendo también la movilización estudiantil para interactuar con otras culturas y adquirir nuevos conocimientos. Aquí, la internacionalización es vital en esta visión de una universidad disruptiva transformadora.

Lo disruptivo es prescindir de espacios limitados y horarios restrictivos, transitando hacia nuevos escenarios de aprendizaje abierto, inclusivo y personalizado. Es educar con la posibilidad de elegir, de diseñar y envolverse con su propio itinerario educativo. Es formar personas adecuadamente autónomas y maduras y disponer de profesores lo suficientemente preparados y motivados. El modelo de aula escolarizante, de currículo fragmentado y del profesor como centro de la enseñanza ya es obsoleto. Encerrar al estudiante no solo es un grave error histórico, sino la prueba de una miopía política imperdonable (Pilonieta G, 2017). Esta es nuestra visión de la universidad del presente y del futuro.
Para mantener un lugar privilegiado en esta nueva sociedad de la información y el conocimiento, no queda otro camino que ‘transformar el modelo educativo en Bolivia’. En ello estamos empeñados y lo vamos a conseguir. De lo contrario, seguiremos siendo un país dependiente que continúe gimoteando el típico lamento boliviano.

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