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Cuando el mundo comenzaba a respirar un poco más tranquilo debajo del gran paraguas de la vacuna, apareció la cepa brasileña, amazónica o de Manaos -se la conoce con todos esos nombres- que rápidamente se expande a todo el mundo con una gran diferencia respecto a lo que conocíamos hasta ahora: esta variante tiene una capacidad de contagio más veloz, mata más rápido, bloquea fácilmente a los anticuerpos y ataca más a los jóvenes.

La mutación del virus que apareció en Brasil ha demostrado que compromete hasta el 80 por ciento del pulmón en apenas 48 horas y a las 72 horas mata al paciente. Los dos o tres primeros días posteriores al contagio no se manifiestan síntomas y el paciente prácticamente no es consciente de que lleva el virus en el cuerpo; cuando acude al centro médico ya es tarde y comienza la cuenta regresiva de tres días para morir.

Dicho así, la noticia acerca de la cepa amazónica suena dramática, pero en realidad más dramático es el impacto del virus en el cuerpo humano, porque prácticamente no le da tiempo a reaccionar, ni da chance a que el tratamiento sea efectivo.

Contra esas condiciones está peleando en estos días Brasil, que superó los 303.000 muertes por coronavirus desde que apareció la pandemia; el martes de esta semana tuvo 3.251 fallecidos por Covid-19, y el promedio de nuevos contagios es de 100.000 personas por día.

Por esta razón, países como Italia, Alemania, España, Portugal, Estados Unidos y Colombia bloquearon el ingreso de viajeros brasileños y otros implementaron drásticas medidas de control, como Chile que ordenó tres días de internación a los connacionales procedentes de Brasil y luego 10 días de aislamiento domiciliario.

De todos los países del mundo, el que tiene la más extensa frontera directa con Brasil es Bolivia con 3.400 kilómetros; sin embargo, el país no ha tomado ni una sola medida de control ni mucho menos cerrado la frontera con el vecino país. Al contrario, autoridades nacionales han descartado tomar una medida de esa naturaleza, con lo cual se demuestra que definitivamente el país va en contramarcha del sentido común y la lógica.

¿Está esperando el Gobierno de Bolivia una explosión de casos de Covid-19 con la mortal cepa amazónica y que se saturen los hospitales y se eleve exponencialmente el número de contagios y muertes para cerrar la frontera con Brasil? ¿Es consciente el ministro de Salud Jeyson Auza del descomunal riesgo que implica para Bolivia tener abiertas las fronteras del país con la pandemia más crítica del mundo?

La autoridad dice que para decidir algo como el cierre de fronteras se requiere de un informe técnico sobre la circulación de cepas en el país y que debe ser la Organización Panamericana de la Salud la que emita ese informe.

Es decir, para el ministro es más importante seguir paso a paso los vericuetos de la burocracia internacional antes de tomar medidas urgentes en un tema que no requiere de grandes estudios porque la evidencia del brote brasileño y el contagio mundial que está provocando es suficiente, y eso se sabe con solo leer las noticias.

Pero no, Bolivia prefiere evaluar otras formas de reforzar los controles sin llegar al extremo de restringir el ingreso de personas por las fronteras, sino estableciendo, dicen las autoridades, un mayor control para que las personas sean aisladas un tiempo mínimo, con pruebas PCR de entrada y de salida.

Y así, seguirán debatiendo. Cuando finalmente lleguen las autoridades de Salud a alguna conclusión ya será tarde.

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