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¿Vieja o nueva normalidad?

Gonzalo Chávez/Economista

11 de julio de 2021, 6:24 AM
11 de julio de 2021, 6:24 AM

El mundo y Bolivia vuelve lentamente a cierta normalidad económica. Los negocios comienzan a funcionar, el comercio internacional se recupera, las economías vuelven a crecer, retorna también el empleo. Todo esto de la mano de masivos paquetes de reactivación económica impulsados por los Estados. Aunque la pandemia será por varios meses una triste realidad, lo peor parece haber pasado, en especial en los países desarrollados que consiguieron vacunar a buena parte de su población. ¿Pero es posible volver a una vieja normalidad? ¿El Covid-19 fue una pesadilla y aquí no ocurrió nada? ¿Es factible un retorno al cotidiano del pasado? Por supuesto. Y esta parece ser la actitud y deseo más común en los países, las instituciones, las empresas y las personas. Que todo vuelva a como era antes. Otros buscan mitificar el pasado inclusive reescribiéndolo de acuerdo con sus intereses ideológicos y políticos.

Veamos el caso boliviano donde se busca divinizar los temas económicos y sociales del pretérito reciente.

Al igual que existe una narrativa falaz de un supuesto golpe de Estado, en el ámbito económico se construye la ficción ideológica de que la crisis comenzó en noviembre del 2019. Hasta esa fecha, la economía boliviana habría estado funcionando muy bien generando desarrollo y prosperidad. Entretanto, la saga exitosa habría sido interrumpida por una gestión desastrosa y marginalmente, por la pandemia que, en 11 meses, destruyó lo avanzado en 14 años gloriosos. Pasada la pesadilla del gobierno de Áñez ahora se estaría retomando la senda del crecimiento con las mismas políticas económicas interrumpidas, a saber: gestión de la demanda agregada con una fuerte intervención del Estado en la economía. 

Según los exegetas del extractivismo, el tren descarrilado por el golpe vuelve a su curso normal para generar crecimiento económico y justicia social. Volvemos, a paso de parada, a la vieja normalidad. Caractericemos brevemente ésta. 

Una economía extractivista que crece gracias al aumento de los precios de las materias primas en el mercado mundial y/o al incremento del volumen de inversión y gasto público que; sin embargo, registra niveles muy bajos de productividad en todos los sectores. Además, es una economía que tiene una gigantesca economía informal donde se cobijan a la mayoría de los trabajos y empleos de mala calidad. Un sistema económico que solo funciona con la captura de rentas por grupos de la sociedad amparados por política populista. A saber: rentas petroleras, comerciales, cocaleras y financieras.

Así mismo, una economía, que desde el 2014 registra un fuerte déficit comercial y público, y qué ya perdió 10.000 millones de dólares de las reservas internacionales. En el ámbito social, gracias a la informalidad y las rentas estatales, una economía que mejoró los ingresos de cierta parte de la población pero que en términos de servicios de educación, salud y saneamiento básico continuó siendo tan pobre como hace 50 años. En términos políticos, un sistema que se vanagloria de estar dividido y enfrentado por odios políticos e ideológicos fomentado desde el Estado. Esta es la antigua normalidad que desde el gobierno se anuncia que volverá.

Pero para no caminar en círculo. ¿Es posible pensar, por lo menos al nivel de la esperanza, de que hay una alternativa de un salto a una nueva normalidad? Definitivamente, un sí rotundo. Pero esta visión más optimista requiere de un diagnóstico más realista. Exige entender que los problemas de la economía boliviana no son de ahora y menos que comenzaron el 2019. Pongamos solo dos ejemplos. Uno de orden estructural y otro coyuntural.

El modelo económico extractivista nos acompaña desde antes de la colonia. Este ya fue administrado por un Estado ineficiente o por un sector privado angurriento. Los resultados, los mismos: crecimiento económico bajo y volátil y pobreza estructural persistente.

En una perspectiva más de corto plazo, como ocurrió varias veces en el pasado, una caída de precios de las materias primas que exportamos redujo el ingreso de la economía boliviana en 30 % en el año 2014, momento partir del cual, el crecimiento de la economía se comenzó a desacelerar y ha revelar el agotamiento del modelo primario exportador. 

La crisis comenzó hace 8 años. Sin duda alguna, esta debacle se profundizó debido a la pandemia, la cuarentena, la crisis económica y un mal gobierno de Añez. En suma, a la economía boliviana le cayó una bomba en el momento de su declive. Por lo tanto, no es posible ni deseable reconstruir sobre una tierra arrasada, un sector público y privado en pedazos y un capital humano diezmado por años de abandono que ahora sufrió una estocada final con el apagón educativo y de salud. No es viable ni sano volver a la vieja normalidad. Sobre el pantano no es posible reconstruir la casucha del extractivismo.

Como varios países en el mundo lo están demostrando, la crisis también es una oportunidad para construir un nuevo futuro, una nueva normalidad. No es tarea sencilla. Implica arreglar un avión, en pleno vuelo, que se va a pique. Veamos algunos puntos de la agenda de futuro. Recuperación de la institucionalidad y comportamiento democrático. Las sociedades contemporáneas entienden que el conflicto hace parte de la diversidad, pero que este se resuelve negociando y pactando. Muchas cosas nos seguirán dividiendo pero que para construir futuro debemos agarrarnos de las pocas cosas que nos unen. El respeto a la vida y el medio ambiente y el impulso a un desarrollo justo, inclusivo y equitativo, por ejemplo. En cuanto la política esté controlada por el bajo vientre, por el veneno de la venganza y el odio no es posible pensar en una nueva normalidad.

Una política de recuperación económica basada en la vida implica priorizar la salud y educación. Un futuro verde implica que tanto el sector público como privado realicen inversiones y cuiden de la naturaleza, pero sin destruirla. Un desarrollo equitativo significa empleos de calidad y un tejido productivo diversificado basado en los emprendedores nacionales y un Estado inteligente y también emprendedor y complementario.

No soy muy optimista sobre el futuro de corto plazo, escribo esto más como descargo de conciencia a la espera de que las nuevas generaciones tengan más sensatez o por lo menos, cierto instinto de sobrevivencia mayor que el de nuestra generación.
                         


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