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María tiene 36 años. Se gana la vida limpiando y planchando en casas ajenas. Los miércoles viene a mi casa. Cuando María tenía menos de 30 años murió su madre, a la edad de 50, y dejó seis hijos. María ya tenía dos propios, pero se encargó de criar a tres de sus hermanos menores de edad. A pesar de la falta de tiempo y dinero, María terminó la secundaria en un CEMA (Centros de Educación Media de Adultos). Han pasado nueve años de su bachillerato y María decidió estudiar en la universidad. Pasó el examen de ingreso en la Gabriel René Moreno y se inscribió a Sociología.

Hasta acá, una hermosa historia de superación femenina. ¡Bravo María!

Pero no. Ahora, cuando le exigen el título de bachiller en la universidad, la Dirección Departamental de Educación de Santa Cruz, ex Seduca, no se lo puede dar porque a pesar de que María figura como bachiller en sus archivos computarizados, el colegio donde hizo sus primeros dos años de formación para adultos funciona como colegio particular y no tiene resolución ministerial como CEMA. El abogado del colegio que hacia estos trámites murió y con él toda la documentación para lograr la resolución.

Así que María tiene cuatro opciones, según lo que le aconsejaron:

1. Iniciar y seguir un juicio al director del colegio. 2. Rendir un examen de los dos primeros cursos del CEMA nuevamente, a pesar de que incluso rindió y venció el examen de ingreso a la universidad. 3. Pagar una coima y conseguir el título en otro CEMA. 4. Esperar, como mínimo, dos años para que regularicen los problemas entre la Dirección Departamental de Educación de Santa Cruz y los colegios a los que no se les reconoció la titulación de sus bachilleres.

En resumidas cuentas, todo indica que María va a tener que seguir planchando en casas ajenas o, en el mejor de los casos, empezar a vender ropa usada en la calle porque la Dirección Departamental de Educación de Santa Cruz dice que el problema es de María y lo tiene que resolver ella. Por así decir, se lava las manos.

María vive en la casa de su suegra y los hijos hacen tareas bajo la sombra de un árbol. Lava, plancha y sueña que algún día tendrá un trabajo social en esta patria, ya que de Sociología aprendió mucho en su proprio cuero, aunque sabe que estudiando se le aclararían muchos enigmas.

Pero la institución del Estado no la deja estudiar y esto es violencia contra la mujer, no la de los golpes, tundas y muertes, sino la violencia burocrática que es más perversa, premeditada y, por eso, más injusta y condenable.

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