El Deber logo
27 de junio de 2018, 4:00 AM
27 de junio de 2018, 4:00 AM

Un signo de intolerancia es el empleo de la violencia para imponer políticas, especialmente cuando se desata durante campañas electorales o cuando se intenta descalificar a los adversarios con acusaciones carentes de veracidad. Es preocupante que en la campaña preelectoral mexicana hubieran sido asesinadas más de 120 personas. Es cierto que el crimen organizado es, en buena parte, el autor de estos graves delitos, pero también son el resultado de campañas de odio, de tergiversación de los hechos y de incitativas al rechazo de cualquier posición contraria al poder o a medidas que pueden afectar a grupos delincuenciales.

Otro caso es la extrema violencia desatada por el Gobierno nicaragüense de Ortega-Murillo contra los que protestan rechazando el continuismo y el quiebre de valores democráticos; ya ha causado 200 muertos. Esta escalada de violencia fue condenada contundentemente por la
Comisión Interamericana de Derechos Humanos en el reciente informe Graves violaciones a los derechos humanos en el marco de las protestas sociales en Nicaragua, al haberse comprobado los “atentados contra el derecho a la libertad e integridad personal en el contexto de detenciones”. Y, por supuesto, quedan impunes las muertes, torturas y encarcelamientos ilegales de venezolanos por participar en las protestas de hace más de un año, por el avasallamiento de las instituciones republicanas, en favor de la desembozada dictadura chavista.

Y si de tergiversaciones se trata, hay una que puede encender reacciones violentas contra quienes manifiestan que en Bolivia, por la mentira, la ciudadanía rechazó el 21 de febrero de 2016 la reforma constitucional para la reelección indefinida presidencial. Es más: así se procura seguir desconociendo el resultado de la consulta ciudadana que fue promovida por el propio oficialismo. Esto no contribuye a la serenidad, peor  cuando se usan calificativos tremendistas, alejados de la verdad. Es reprobable que se afirme, sin fundamento, que el voto ciudadano fue producto del engaño; que defender el 21-F “es defender a la derecha… a la derecha vendepatria…”.

Siempre hubo llamamientos para humanizar la política. Ahora, esto ya es indispensable para la paz social, para que se imponga la sensatez, abandonando las negativas acciones sectarias y el lenguaje de incitativas al odio y al enfrentamiento.

Tags