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19 de marzo de 2017, 4:00 AM
19 de marzo de 2017, 4:00 AM

El último golpe de Wikileaks y Julian Assange contra la diplomacia y los servicios de información de EEUU ‘amenaza’ con ser el más devastador desde que en 2010 esa organización comenzara la descarga universal de información secreta sobre el espionaje norteamericano en el mundo.


En esta ocasión, no se trata de exponer el comportamiento fáctico de los servicios exteriores de Washington, sino que va a la raíz del problema: cómo la CIA ‘jaquea’ al universo-mundo. En una colección de casi 9.000 documentos se explayan las técnicas y artefactos con que la agencia convierte celulares, aparatos de televisión y transmisores de información similares en útiles para el espionaje. Y, evidentemente, su utilización puede afectar tanto a agencias extranjeras como a meros particulares. Todos podemos ser espiados por el ‘Behemoth’ tecnológico de EEUU.


Los documentos que Wikileaks ha hecho públicos corresponden al periodo 2013-16, y es cierto que el NYT, con un hondo sentido de los intereses norteamericanos en el mundo, pero no especialmente tierno con la administración Trump, ha querido devaluar la importancia del botín asegurando que consiste en material y metodología ya en desuso bien conocido de académicos y especialistas. Pero la propia CIA ha reconocido tácitamente la autenticidad del material y Assange, desde su refugio-prisión en la embajada ecuatoriana en Londres, ha subrayado lo que parece indiscutible: la agencia ha perdido el control de sus instrumentos de trabajo, que están hoy no solamente en manos de Wikileaks, sino circulando por ahí en el éter universal, y por supuesto en poder de los grandes rivales geoestratégicos de EE.UU, como Rusia, Irán y China.


¿De quién ha sido la mano ‘traicionera’? Se especula con que no ha debido ser un ‘insider’, como el soldado hoy en prisión que actuó en 2010, sino un contratista externo. Peor que peor, puesto que confirmaría que hay un ‘supermercado’ mundial del ‘know-how’ de la agencia, en el que propios y extraños pudieran surtirse a voluntad.


No hay, pese a todo, que rasgarse las vestiduras con exclamaciones de inocencia saqueada. La CIA hace lo mismo, solo que con muchos más pero torpes medios, que cualquier otra agencia de información extranjera, y  una gran potencia como EEUU no puede permitirse el lujo de no saber lo que traman, tanto aliados como rivales. Como decía el general De Gaulle, las ‘naciones’ no tienen amigos sino ‘aliados’ y en su caso, circunstanciales.


El corolario de todo ello es, sin embargo, un nuevo e inmenso ridículo de los modos y estilos de Washington. El presidente Trump, que no está precisamente en las mejores relaciones con la Agencia, puede aprovechar tan desoladora ocasión para darle la vuelta como un calcetín a los servicios mundiales de información nacionales. Esa, entre otras batallas, está aún por librar. Es la Era Trump 

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