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“Yo acuso”

Carlos Dabdoub Arrien 26/10/2019 03:00

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En la clausura del reciente Festi­val de Venecia, la película J’accu­se (El oficial y el espía), del cineas­ta Roman Polanski, ganó el Gran Premio. La trama tuvo su origen en Francia y guarda relación con una sentencia judicial de neto corte persecutorio. 

La víctima fue el capitán Alfred Dreyfus (1859- 1935), un militar de religión judía y de origen alsaciano. Este hecho conmocionó a la sociedad de la época y marcó un hito en la his­toria del racismo y el francocen­trismo. 

En el inicio de este juicio, el énfasis se volcaba más en los orígenes regionales descentrali­zadores de Dreyfus que en su per­tenencia religiosa. 

Pero el carácter discriminador que no era escaso en el poder central, se convertiría rápidamente en el centro de este caso, allanando los vacíos de una investigación preliminar increí­blemente sumaria y artificiosa.

 El encargado de la investiga­ción intentó sugerirle el suicidio al acusado, colocando un revól­ver delante, hecho que Dreyfus se negó a quebrantar su vida, afirmando querer “vivir con el fin de establecer su inocen­cia”. 

El juicio se inició el 19 de diciembre de 1894 a puertas ce­rradas. Después de tres días de deliberación, por unanimidad el tribunal militar lo condenó el 22 de diciembre por traición a la

 patria, al poner en peligro la tan cacareada ´unidad nacional´ de los demagogos de turno, siendo deportado a la prisión de Gua­yana francesa en Sudamérica. 

Tres años después, un 13 de enero de 1898, Émile Zola (1840- 1902) un notable escritor y nove­lista francés, dio una nueva di­mensión al caso Dreyfus con su carta abierta J’Accuse (Yo acuso), dirigida al presidente de Francia, Félix Faure y publicada en L’Au­rore.

En ella detalla toda la falacia del juicio y culpa con apellido y rango a las más altas autoridades del gobierno y jueces, nombres que quedarían para siempre en las páginas de la historia como personas indignas que mancilla­ron los derechos humanos y des­honraron vilmente a la justicia de aquel país.

Zola sufrió un juicio por difamación, fue condenado a prisión y luego expatriado. La revelación de este escándalo provocó una crisis política y so­cial inédita en Francia, revelán­dose las pronunciadas fracturas internas del gobierno centralista de la Tercera República, causan­do luego su derrumbe.

 Pero tam­bién evidenció la existencia de un violento pseudo-nacionalismo concentrador y racismo guberna­mental, ampliamente difundido por una prensa influyente, com­placiente, embustera (fake news), y cooptada por el poder central. 

La indoblegable lucha de Zola tras la verdad y la justicia le va­lieron los mayores ultrajes, razón para recordar a este bizarro litera­to como un ícono emblemático de la conciencia humana y la defensa de los derechos humanos. Falle­ció en su casa de manera trágica, supuestamente asfixiado, pero más probablemente asesinado. 

Finalmente Dreyfus fue indul­tado en 1899, siendo reintegrado al ejército en julio de 1906, sin embargo, sus cinco años de pri­sión no fueron tomados en cuenta para la restitución de su carrera. Dreyfus nunca pidió ningún tipo de indemnización al Estado. 

El único hecho significativo para él era el reconocimiento de su ino­cencia. Murió a los 76 años, en la indiferencia general.

Esta misma historia (abuso del poder, racismo, sumisión de los órganos del Estado, especial­mente de la justicia, centralismo, noticias falsas, etc.), se repite en América Latina y de un modo es­pecial, en Bolivia, pero igual que el presente caso y como siempre ha sucedido en la humanidad entera, más pronto que tarde: “… conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Evangelio de Sn. Juan 8:32).¡ Que nadie lo dude!