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Oriente volvió a ganar, y se calmaron las aguas. Todo volvió a la normalidad. Erwin Sánchez subió sus bonos nuevamente y mantiene su áurea de entrenador exitoso, y los hinchas vuelven a entusiasmarse, a soñar.

Sánchez, el gran mariscal de campo, gracias a la seguidilla de resultados favorables que sacaron del fondo de las posiciones a Oriente Petrolero y lo llevaron al segundo lugar, había sido llevado al banquillo de los acusados. Muchos de esos que lo consideraban la reencarnación del éxito, lo vilipendiaron porque su equipo empató un par de partidos y cayó de local (ante Independiente).

No le perdonaban que Oriente hubiese perdido chispa, explosión y contundencia, y empiece a alejarse de la zona que reparte los mejores premios a torneos internacionales para la próxima temporada, sin pensar que quizá algo falta para sostenerse un poco más arriba.

Son “la reglas del juego” en un ambiente tan volátil e inestable como el del fútbol, en el que todos los que conforman el circo deportivo contribuyen con lo suyo, exagerando los triunfos y también las derrotas, yendo de un extremo a otro. Dando por hecho que la victoria es el único resultado posible, cuando en realidad existen dos opciones más, el empate y la derrota.

En el caso de los entrenadores, se ingresa en aquello de que si se gana, se convierte en el mejor, un estratega de la talla de Napoleón Bonaparte (aunque también perdió, en Waterloo); y si pierde, te transformas en el peor, no sabe nada, y por ende, irse a su casa.

Esa es la lógica de muchos hinchas y también de una cantidad similar de dirigentes. Por eso nos enteramos casi todos los días que ruedan cabezas de entrenadores en los banquillos. El hincha acusa, protesta, presiona, y el dirigente ejecuta la sentencia.

Basta con ver qué ocurrió en las 17 fechas del campeonato de la División Profesional y la cantidad de cambios que hubo.

El Tahuichi, como otros reductos futboleros, es una caja de resonancia de estados de ánimo, un anfiteatro de emociones, un lugar donde pueden aflorar el elogio exagerado, sin límite, cuando la alegría y éxito efímero invade el cuerpo, pero también se puede transformar en un recinto de frustraciones acumuladas que derivan en insultos y críticas feroces.

Pero pocos, o nadie, se pasan el trabajo de preguntarse, por ejemplo, ¿para qué está “el equipo de Platiní”? ¿Para disputar el título? ¿Para clasificar entre los cuatro que va a la Copa Libertadores? ¿Para sacar uno de los cuatro pases a la Copa Sudamericana?, o ¿para mirar de palco cómo compiten otros equipos en los torneos de la Conmebol, como el año pasado?

Sucede con Platiní, pero también les pasa a otros entrenadores en otros lados. Es cuestión de esperar para ver el desenlace.

Mientras tanto, la pelota sigue rodando.




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