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En su habitual misa dominical, el Monseñor Sergio Gualberti reflexionó que en estos tiempos muy difíciles y complejos que nos toca vivir, por el crecimiento exponencial de los contagios del Covid-19 y los afanes electorales, es momento de establecer, a la luz de los valores del reino de Dios y con lucidez y firmeza, las prioridades acordes a la situación.

Por ello, el religioso remarcó que para Dios, el primer gran valor es la vida, el don más grande que él nos ha dado; por eso, todos estamos llamados, cada cual, de acuerdo a su estado y profesión, a priorizar la salvaguarda de la vida y la salud, dispuestos a sacrificar otros bienes e intereses.

Esto para el Arzobispo implica, de parte de todos, la responsabilidad moral para cumplir las medidas de seguridad y sanitarias establecidas y, de parte de las autoridades, destinar personal, estructuras y recursos económicos para mejorar los servicios de salud en nuestro país y garantizar la atención médica a todos los ciudadanos.

Gualberti exhortó a los actores involucrados en la campaña electoral, los medios de comunicación y las redes sociales a tener la responsabilidad moral de no fomentar un ambiente de tensión y de lucha que interfiera o haga pasar en segundo plano el compromiso por la salud y la vida.

“Por el contrario, que se comprometan en crear un clima de serenidad, de diálogo, de comunión y de paz, que favorezca la implementación de las medidas necesarias para contrarrestar el contagio”, sostuvo Gualberti, que pidió que la presencia viva en Cristo, colme de esperanza y fortaleza el corazón de todos, en especial de los que sufren los embates y el sufrimiento del contagio.

El Monseñor puntualizó que el Reino de Dios es muy distinto de los reinados humanos, no es una realidad política y de poder, es el designio de amor, de vida y de paz de Dios Padre para la humanidad entera, el plan de salvación que abarca todos los ámbitos de la existencia humana: personal, pública, ética y política.

Nuevo Reino

En su homilía el religioso precisó que el Reino de Dios es la novedad maravillosa por la que vale la pena convertirse, hacer un cambio radical en nuestra vida y dejar a un lado los ídolos del mundo para creer en Jesús, hacernos sus discípulos, jugarnos por su causa y asumir sus desafíos con valentía y entusiasmo.

De acuerdo con el Arzobispo en la segunda lectura, también San Pablo nos exhorta a acoger el Reino de Dios, el verdadero tesoro que perdura hasta la manifestación plena al final de los tiempos, el absoluto ante el cual se relativizan todas las demás realidades, poderes y bienes de la tierra, porque la apariencia de este mundo es pasajera.

“Por eso los cristianos nos arrodillamos solamente ante Dios y no ante ningún ídolo o poder humano por más que pretenda endiosarse, porque esa actitud, además de mellar nuestra dignidad de personas, es una grave ofensa a Dios”, resaltó Gualberti.

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