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En un invierno de 1914 en Potosí, en pleno periodo neoliberal en Bolivia, empezaba una historia. Fue un 17 de julio para ser más preciso. José Alejandro Pradel Loayza llegó al mundo. Hoy cumple 106 años, es una de las personas más longevas de Bolivia y de los pocos excombatientes de la Guerra del Chaco que quedan con vida.

Pero su historia no solo se enmarca en la guerra, su vida multifacética lo llevó a ser una persona muy querida en Sucre, donde echó raíces y vio crecer a sus hijos, por eso se considera más chuquisaqueño que de otra zona del país.

Pasó su infancia y su adolescencia en su natal Potosí, donde fue reclutado en uno de los últimos años de la Guerra del Chaco, siendo todavía un joven de cerca de 20 años de edad, según cuenta su hija Mery Pradel. 

También vivió en Oruro, pero su trabajo, sus estudios y su familia lo llevaron a instalarse definitivamente en Sucre, en donde vive desde hace más de 80 años. 

Se formó como farmacéutico y fue propietario de la famarcia Mayo, una de las boticas más conocidas en la capital histórica boliviana ubicada a media cuadra de la plaza principal. Desde su laboratorio emergían cientos de recetas, cremas, ungüentos y fórmulas para atender las afecciones.

Hasta la botica llegaban desde distintas zonas de la ciudad. Era consciente de la necesidad de las personas enfermas, a quienes también orientaba y explicaba sobre las afecciones y su tratamiento. 

Si los enfermos no tenían dinero, don José comprendía. "Cuando tengas para pagar, traes", decía, pero sin llevar cuentas un cuaderno y sin ánimos de cobrar. Había gente que volvía y pagaba, otros no regresaban. Esa una de las mayores lecciones que recuerda su hija: la solidaridad, la empatía y el desprendimiento.

También a la botica llegaban personas desde el campo, incluso desde pueblos indígenas, quienes apreciaban la virtud de don José para tratar enfermedades. 

En una de esas ocasiones, un campesino sin dinero le ofreció su charango. Sin saber tocarlo, don José lo compró. Aprendió a tocarlo, puesto que su gusto por la música hacía de él un autodidacta. Zampoña, quena, piano, violín y mandolina son algunos de los instrumentos a los que sacó melodías.

La pintura y el tallado en madera también fueron sus aficiones. Tenía un violín fabricado por él. Pero sin duda por lo que muchos sucrenses lo recuerdan es por su amor al deporte. 

Era tanta su afinidad con la actividad física que llegó a inaugurar un gimnasio, donde entrenó diferentes disciplinas y formó también a deportistas. Boxeo, natación y otros deportes olímpicos se practicaban en el lugar. Sus amigos envejecieron, pero él siguió practicando lo que más le gustaba


Al gimnasio también llegaron muchas personas. Para él, "el deporte es salud y no un negocio", por eso no cobraba a quienes llegaban a ejercitarse, pero sí exigía disciplina. Esa fue otra de las lecciones que dejó a sus cinco hijos: 'disciplina, trabajo y deporte', frase que permanece pintada en los muros del que fuera su centro de entrenamiento.

Se casó con la señora Mery Peñaranda, hoy de 91 años de edad, con quien tuvo tres hijos, dos mujeres y un varón. Pero anteriormente también tuvo dos varones, uno que falleció hace 20 años y otro que vive en el exterior. 

No llegó a tener una familia más amplia. Tiene 15 nietos y siete bisnietos, según el cálculo rápido de su hija Mery (57).

"Mi papá siempre fue un hombre perfeccionista. Todo necesitaba verlo en orden", recuerda su hija

Haciendo labores en su casa hace algunos años tuvo un derrame ocular, que lo llevó a perder paulatinamente la vista y a esto se suman problemas en el oído que le impiden escuchar y comunicarse, pero no sentir el cariño de quienes lo cuidan y lo acompañan.

Pese a que el resto de seres querido no pudo estar a su lado en su 106 cumpleaños a causa de la pandemia, son los recuerdos, las fotos y las historias las que hoy hacen brillar a este excombatiente.

A continuación, su foto más reciente, acompañado de su esposa, Mery Peñaranda de Pradel, y su hija, Rosario Pradel, en la celebración de su cumpleaños.