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Durante la misa de fin de año, monseñor Sergio Gualberti, arzobispo de Santa Cruz, señaló que 2021 termina entre luces y sombras, y en nuestro corazón deberían brotar sentimientos y actitudes de gratitud a Dios por el don de la vida y tantos otros, pero también de perdón por los muchos errores y pecados a nivel personal y social.

Respecto a 2022, Gualberti sostuvo que la presencia del Señor y de la Virgen María, en estos días de la dispersión rápida del contagio del Covid-19, nos conforta y nos anima a poner todos nuestros esfuerzos para evitar los contagios, cumpliendo responsablemente las medidas sanitarias y de seguridad, protegiendo nuestra vida y la de los demás.

El líder religioso indicó que la fiesta de Santa María es la oportunidad para alabarla y venerarla, y para profundizar este misterio de amor.

“Es el Concilio de Éfeso (431 a.C.) que, bajo la inspiración del Espíritu Santo y después de un debate largo y animado y oraciones fervientes de los obispos, reconoció a María como Madre de Dios, mediante la concepción humana del Hijo de Dios en su seno y en consideración de su acto libre de fe y obediencia al Señor”, recordó Gualberti.

Precisó que la maternidad divina es la razón fundamental de la grandeza y dignidad sin igual de la Virgen María. En ella se ha dado el hecho más sorprendente de la historia humana: el encuentro de Dios con el hombre.

El arzobispo hizo notar que María no solo es Madre de Dios, sino también Madre de la Iglesia, "que cuida y guía con amor nuestro caminar, personal y comunitario, por las sendas de la vida, la fraternidad y la paz hasta el encuentro definitivo con Dios".

El ruido ensordecedor de las guerras y los conflictos se amplifica, mientras se propagan enfermedades de proporciones pandémicas, se agravan los efectos del cambio climático y de la degradación del medioambiente, empeora la tragedia del hambre y la sed, y sigue dominando un modelo económico que se basa más en el individualismo que en el compartir solidario, criticó Gualberti.

Todos pueden colaborar en la construcción de un mundo más pacífico, partiendo del propio corazón y de las relaciones en la familia, en la sociedad y con el medioambiente, hasta las relaciones entre los pueblos y entre los Estados”, reflexionó el prelado.

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